Si el político no viene a la sociedad… deberá ser la sociedad quien vaya por el

En el año de 1821, específicamente el 27 de septiembre, el Ejército Trigarante comandado por Agustín de Iturbide entraba a la Ciudad de México triunfante y proclamando la Independencia de estas tierras de la Nueva España. Con este hecho se marca la caída de una utopía mal lograda de los conquistadores, derrotada por la fuerza de una nación que deseaba ser dueña de su propio destino.

Sin embargo, los primeros años resultaron difíciles. Agustín de Iturbide aprovechando el vacío de poder, por la desorganización política, la falta de cohesión interna de los independistas y las ambiciones personales y de grupo que representaba, instaura un Primer Imperio con la disolución de la Junta Constituyente por la vía del amotinamiento, y con ello, violentando la paz y armonía social de la época, retrasando por 3 años más los acuerdos que permitirían darle una definición a la nación mexicana. Destruido y juzgado como traidor de la nación el experimento iturbidista termina. Reinstalados los miembros de la Junta Constituyente en el año de 1824 se firma el Acta Constitutiva de la Federación y después la primera Constitución Política de la nueva nación mexicana. El honor de ser considerado el primer presidente de la República recae en al figura de Guadalupe Victoria.
Pero tampoco las cosas resultaron fáciles. En los primeros 100 años de nuestra historia por la complejidad del mismo proceso histórico heredado por la independencia en la radicalización de las fuerzas políticas – conservadoras y liberales – un proyecto de nación fue inviable de consolidar en aquellos años. Muchos intentos se dieron, pero siempre el peso de las armas se impuso como el eje rector de los mismos, sin llegar ninguno de los bandos a obtener el tiempo y estabilidad necesarios para crear el equilibrio necesario para el desarrollo del país.
La figura del Sr. Porfirio Díaz, hombre de convicciones fuertes y mano dura, héroe y figura legendaria de guerra consolidó un régimen, que si bien el que más ha durado en las manos de solo un hombre en nuestro país, lo hizo con un alto costo social y humano, por encima de los derechos de los indígenas y desposeídos que no fueron respetados. La economía del país experimentó un crecimiento industrial. Sin embargo las ganancias y la producción no fueron para el beneficio inmediato del pueblo mexicano por estar en manos del extranjero.
Estas variables y condiciones, provocaron en los últimos años de vida del dictador un movimiento social denominado como la Revolución Social Mexicana, iniciada por Francisco I. Madero, un burgués cuya familia había sido beneficiada por la política proteccionista presidente Porfirio Díaz. Madero busca arrebatarle el poder haciendo eco de las demandas sociales, tanto de obreros y campesinos, que ilusionados por el cambio y mejoramiento de sus condiciones de vida, siguieron éste singular personaje la bandera para derrocar al Dictador. Pero en la ironía de la historia mexicana, ya siendo presidente de la república por decisión y respaldo democrático no cambió las estructuras políticas porfirianas, que se mantuvieron y provocaron a la larga la caída del primer mandato revolucionario.
Ante esta situación, fueron muchos personajes, caudillos que alzaron voces y armas unos contra otros. Traiciones, linchamientos, pronunciamientos, planes políticos, gobierno y de guerra… pero ente todo, una falta de unidad y congruencia en las fuerzas revolucionarios. Cada uno peleó y ofrendó su vida a sus propias creencias. No pongo en duda su influencia histórica de cada uno porque impactaron en la consecución de conquistas sociales trascendentales para el México actual.
Algunos historiadores dicen que la historia es cíclica. Después de ese período de extrema inestabilidad social revolucionaria, la instauración de los gobiernos sexenales encabezados por el príismo, partido corporativo que aglutina a las diferentes fuerzas caudillistas en un proyecto nacional, logra otro período de estabilidad que ofreció mejoras en las condiciones y estatus social del mexicano, pero al igual que la dictadura porfirista, con costos sociales. Porque se privó a los ciudadanos de la capacidad de decisión y su correspondiente elección con un sistema hegemónico, vertical y con verdades absolutas. Se imponía el punto de vista del gobierno al que no se le contradecía ni se le juzgaba. Pero al mismo tiempo los controles sociales en los medios de comunicación, en el control del Estado,  provocaron una unidad mexicana entorno al sistema político.
Pero la expansión de los medios de comunicación y la modernización de los mismos en las últimas dos décadas, aunados el desgastamiento del sistema político vertical, llevaron a los ciudadanos en el 2000 a la posibilidad de considerar un cambio, otro más, en la dirección del país. La gente despertó y se atrevió a pensar diferente… y con ello su decisión ya no pudo ser desviada y mucho menos controlada, gracias a las normas e institucionalidad de los procesos electorales, el fomento de una mayor participación social y control de las acciones gubernamentales que ya fueron cuestionadas y ventiladas en la opinión pública.
Pero la sombra de la debilidad ante la falta de los resultados concretos y visibles que aún no vemos ni palpamos es lo que ha causado una decepción del nuevo régimen. Aquella efervescencia del 2000 se ve reducida por la desilusión del cambio y la incapacidad de las instituciones sociales de mantener la esperanza de es posible erradicar de la práctica política el dispendio, la usura, la mentira, la falsedad, la corrupción.
Todos esos males provocan la apatía y falta de compromiso democrático en los ciudadanos. Lo que los motivo a pensar en lo imposible, es decir, a la posibilidad del cambio, hoy sustenta la incongruencia de la clase política, que ya sean blancos, azules, naranjas, amarillo, tricolores o multicolores, en la sensación de los ciudadanos, se reafirma como una característica esencial, inalienable y permanente.
Si es estudio histórico tiene razón, sin ser adivinos ni tener una bola de crista, podemos afirmar: que corremos un enorme riesgo de fracturar el país en luchas estériles.
Aprendamos de la historia para no caer en los mismos errores.
La participación ciudadana, consciente y comprometida que no huye de su responsabilidad cívica, es necesaria para consolidar lo bueno y desechar lo que nos perjudica avanzar como país, romper los períodos cíclicos que anuncian una posible inestabilidad si no somos capaces de encontrar las coincidencias entre las diversas posturas plurales que surgen en una sociedad democrática.
Si un gobierno les va mal, a los ciudadanos, peor. Este último pensamiento es crucial y tan real, del cual no hemos hecho plena consciencia de su relevancia para definir las acciones políticas, sociales y económicas para el bien del país.
La verdadera democracia la tenemos los ciudadanos, lo que a diario sufrimos los desaciertos de las autoridades en su incapacidad política de entender las necesidades y retos sociales más apremiantes.
Sigamos fortaleciendo la participación ciudadana, que el camino por más oscuro que parezca, si ha traído beneficios por la crítica y la propuesta surgida de la base social. Que ni desanimo, ni la desilusión, ni la apatía sean los aspectos que nos dominen e impidan encontrar las mejores soluciones para el fortalecimiento de la nación.
Si ellos no vienen a nosotros, deberemos ser nosotros, quienes la final, vayamos por ellos.

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