Educación y suicidio, responsabilidades compartidas

El tema del suicidio es muy difícil de tratar de manera ligera. Nadie, por ninguna circunstancia especulativa o evidente, conoce las verdaderas intenciones que impulsa a una persona a quitarse la vida. Eso es algo que se llevará en el terrible tránsito final de la decisión personal que se toma. En Yucatán, el tema para algunos expertos es un elemento estructural arraigado por una cultura originaria que tenía como deidad al suicidio. También se reconoce que estos días, por los cambios fríos de temperatura y la nostalgia de las festividades y por otro lado la retroalimentación de un año que termina, la tasa de suicidios aumenta. En los últimos días el suicidio recobró a nivel nacional una importancia ante el lamentable hecho de una alumna de la ITAM en la Ciudad de México que optó por esta vía, supuestamente por el agobio de la carga de trabajo académico que la institución exige para lograr la excelencia académica. El asunto sin duda es delicado. En gran parte porque se trata de sentimientos y emociones que más allá de cualquier consideración razonada nos pueden conducir a estados de alteración social. Lo que menos deseamos los mexicanos de buena fe que nuestros estudiantes opten por la llamada salida fácil para no sentir la dureza de la carga académica y de las exigencias de formación y laborales. Pero hay que asumir una postura crítica de los contextos actuales de vida y de cómo estamos educando a las actuales generaciones del futuro. Educativamente se ha impulsado, por aquello de la cobertura y de la democratización de las oportunidades de crecimiento y desarrollo personal y profesional, que nadie debe abandonar los estudios hasta el nivel constitucionalmente obligatorio del bachillerato. Desde la Reforma Integral de Educación Media Superior en 2011 se establecieron lineamientos para garantizar la eficiencia terminal y no se siguieran consolidando la deserción escolar. Entre esas medidas se fue reduciendo el valor de las evaluaciones para que sean proyectos, algunos muy mínimos en esfuerzo y dedicación, la forma de demostrar los conocimientos de los estudiantes. Consecuencia de esto es la flexibilidad del currículo y una cultura que solo refuerza el mínimo esfuerzo. Recordemos que desde hace muchos años se ha insistido mucho en la no reprobación de alumnos en educación básica por que se enfatiza mucho en que lo más importante es la felicidad. ¿En dónde queda entonces el conocimiento y la adquisición de las habilidades para el desarrollo de trabajos? Pero más importante ¿Cómo se fortalece la disciplina y esfuerzo por el trabajo? Desde hace varios años se insiste, por ejemplo, que no se deben marcar tareas para la casa. A esto se le adjunta las presunciones de que los niños o menores de edad están más para actividades lúdicas que estar pendientes de otras responsabilidades ya sea de estudio o de ayudar en las labores de la casa. Esto con la finalidad de no abusar ni maltratar a los menores de edad. En consecuencia, de una posición extrema de la “chinga” que nos pegaron nuestros padres y maestros a quienes rebasamos las cuatro décadas de la vida, nos trasladamos al otro extremo de “dejar ser y hacer” sin fomentar una personalidad equilibrada de derechos y obligaciones que proporcionen las herramientas emocionales para el control de la responsabilidad y los deberes con nuestra satisfacción de necesidades. ¿Qué va a pasar de esta generación cuando se queden con el “encargo” de ser los directores y líderes en el gobierno y en la sociedad? La educación superior debe ser exigente. No se puede concebir ni como juego mucho menos de menor calidad y exigencia. Se trata de la formación de quienes tendrán la responsabilidad de resolver de manera profesional los problemas de la sociedad y de las personas. Tampoco se trata de ser inhumanos para encontrar el equilibrio adecuado entre la exigencia en el trabajo académico y el control emocional. Pero no se puede claudicar la exigencia y la búsqueda de mejoramiento. Debemos ser mucho más abiertos en el análisis de los contextos educativos y del tipo de sociedad y más importante las características de los mexicanos que deseamos formar para hacer crecer y desarrollar nuestro país. El sistema educativo no puede rehuir de su responsabilidad en lo que estamos formando como individuos. No es culpa solo de ITAM, sino de todo un contexto y proceso educativo que viene desde años atrás. De una cultura del mínimo esfuerzo que no crea las condiciones de superación personal y profesional que como tal produce mediocridad en los productos educativos.

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