Enrique Vidales 31 marzo, 2010

 

Yanni en el Acropolis de Atenas, Grecia

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¿Qué tiene en común las dos anteriores notas? ¿La explotación de zonas
antiguas y milenarias o una promoción turística en el aprovechamiento de
esos sitios llenos de magia e historia con una propuesta moderna?

Bien decía Octavio Paz que una de las grandes características de la
costumbre mexicana el uso de las máscaras, aquellas que buscan ocultar
lo que en verdad somos en el fondo para solo ofrecer apariencias y
espejismos.
El Gobierno del Estado de Yucatán ha rescatado para el beneficio de los
mexicanos y los yucatecos la posesión de la tierra de la zona
arqueológica de Chichen Itzá. Un logro que no pudo concretar el anterior
gobierno de Patricio Patrón Laviada por más que intentó arrebatarlas de
su dueño, el empresario yucateco Fernando Barbachano. Situación que
creo diversos conflictos entre las partes por el aprovechamiento real de
esas tierras y la importancia para el gobierno de conservar la zona
arqueológica.
Con la adquisición de las tierras abre la posibilidad de crear mejores
condiciones de inversión e infraestructura en la misma, en la certeza de
ya saber a quién legítimamente le pertenecen.
¿Qué si es mucho lo que se pago o no? Para cualquier detractor sin
capacidad de análisis y visualización no lo puede entender.
Objetivamente la ley es muy clara: el que quita un derecho legítimamente
adquirido, tiene que pagar la indemnización correspondiente. Haberse
atrevido a negociar un pacto significa una responsabilidad que se asume
para ya darle certeza a esta situación, y no necesariamente esperar
muchos años en la espera de una resolución que además costará en suma
una cantidad mayor por todo el proceso legal correspondiente más la
indemnización que la ley dicte.
En Yucatán nos conocemos muy bien. Es por ello no extraño que el medio
que se dice de la vida peninsular hoy publique la opinión de un
“experto” que se dice atemorizado por el futuro de la zona. Un experto
que al parecer le parece mejor que las tierras de un patrimonio nacional
este en manos de un particular. Si hoy se tuvo que pagar por esto, es
sólo por la falta de preocupación de la comunidad intelectual en la
preservación de los bienes culturales de la nación en un pasado no muy
lejano. No olvidemos que muchos de nuestros tesoros culturales están en
el extranjero. No se vale echar la culpa a las autoridades, sino a todos
los mexicanos, y hasta yo me incluyo, que no hemos sabido valorar lo
que es nuestro.
Es por ello, que ahora que se decidido rescatar este bien a favor de los
mexicanos y los yucatecos, es de beneplácito y de reconocer el esfuerzo
del actual gobierno.
La acción va mucho más allá de un concierto, el cual no es la primera,
ni será la última zona arqueológica o milenaria que se convertirá en un
escenario idóneo para conjugar el pasado y el presente: eso es
simplemente evolución.
 

 

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