Enrique Vidales 8 marzo, 2010

¿En verdad vamos
a creer que los jóvenes no sabían quién les había contratado para
vender esas camisetas? ¿Que desconocían el tipo de producto que vendían?
¿Acaso son tan analfabetas como para no leer lo que las camisetas
decían y con qué se relacionaban? Si en verdad ellos eran ignorantes del
contexto con el que se relacionaba las camisetas ¿cómo las estaban
vendiendo? ¿Qué decían para promocionarlas?

Con las
anteriores preguntas solo pretendo establecer que es infantil pretender
hoy que creamos no sabían en lo que se estaban metiendo. Posiblemente
podamos cuestionar la actuación de la autoridad en su detención. Así lo
intentó Rodolfo González Crespo, en el programa Mi Punto
de Vista el pasado sábado, sin embargo a pregunta de Alejandro
López Munguía si la actitud de los muchachos no era una
provocación, el aludido aceptó esa condición y volvió a referir su
cuestionamiento a la coacción que se había cometido contra esos jóvenes.
Se condena un hecho que surge a partir de otro anterior causal de un
comportamiento contingente.

Pero basta
recordar aquel joven, Premio Nacional de la Juventud, que en acto de la
premiación del mismo se negó a darle la mano al Presidente Felipe
Calderón, y además, en el momento del discurso del mandatario se
atrevió a gritarle “espurio”. ¿Qué hizo el Estado Mayor Presidencial?
Acuérdense que rodearon el joven, lo sacaron del Palacio Nacional, lo
subieron a una patrulla y lo llevaron a una Agencia del Ministerio
Público en el Distrito Federal, ante la desesperación de padres y amigos
que desconocieron inicialmente lo que estaba sucediendo.

¿Acaso ese grito
no fue una expresión democrática relacionada íntimamente con el
contexto político a inicios de la Presidencia de Calderón?
¿La actuación de la seguridad del Presidente no coaccionó y vulneró los
derechos de protesta legítimos y constitucionales de un ciudadano?

¡Ahhh!… pero
no faltarán panistas que dirán que eso es una falta de respeto, una
provocación. Entonces ¿cuál es la diferencia entre ese caso y el que hoy
nos ocupa? ¿No tendríamos que aplicar la misma regla para condenar la
acción contra la investidura de una autoridad, guste o no les guste,
legalmente constituida, emanada del sufragio efectivo, solemnemente
tomada la propuesta y reconocida por los otros poderes del Estado con
plena capacidad para ejercer sus facultades y cumplir con sus
responsabilidades?

Los ciudadanos
de buena paz deben condenar los hechos soeces que no aportan ninguna
propuesta efectiva para consolidar la democracia. Éstos solo contribuyen
al enrarecimiento de los contextos y provocan, como en este caso, una
serie de acciones nacidas del poder coactivo de un gobierno que también
tiene el derecho de defenderse. ¿Civilidad ante el insulto? Entiendo que
se pida sangre fría en la acción de respuesta, sin embargo, ¿en lo
humano que somos no cabe la posibilidad de calentarnos más de la cuenta?

Es cierto que
uno puede y tiene el derecho a la manifestación. Hacerlo cerrando una
calle es asumir el riesgo de un desalojo por la necesidad de liberar las
mismas vías y no afectar a terceros. Algunos aplaudirán, otros
condenarán. Al final lo que imperará es el punto de vista particular que
surge de la percepción subjetiva e intereses propios de cada uno. Pero
en el fondo queda esa acción coactiva, necesaria o no, que usa el Estado
para imponer respeto a las investiduras. Es un elemento esencial, que
todos en un ámbito personal de actuación usan plenamente. ¿Acaso un
padre de familia no puede emplear la acción coactiva ante un insulto,
desfachatez e intransigencia de un hijo, por más razón o derecho que
este último tenga?

Entrar a la
discusión de la ética o valor normativo que tiene esa coacción no es
tema de este análisis. Lo que sí es cierto es que todos los gobiernos,
no solo en México, sino hasta en los más avanzados democráticamente, han
usado los mecanismos de la coacción cuando se les provoca y se les
insulta.

¡Qué fácil
resulta afirmar que si un gobierno no cumple, entonces se tiene el
derecho a insultarlo y vejarlo, así como lo sostiene un panista
integrante de los manifestantes estudiantiles para justificar ese tipo
de conductas! ¿Eso es democracia? ¿Eso es altura en el debate político?

Pero qué
esperanzas queda cuando la misma Presidenta del PAN en Yucatán, Magaly Cruz Nucamendi se mostró orgullosa
en avenidas de la ciudad con carteles ofensivos a la persona de la
Gobernadora. Usted, estimado lector, ¿mantendría un diálogo con aquellos
que en plena luz del día les insulta en su persona?… la verdad, yo no
lo haría.

 

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