Enrique Vidales 30 septiembre, 2018

A
los últimos años se ha insistido mucho en el tema de la inclusión. Esto
no puede entenderse sin recurrir a la definición de riesgo social y
vulnerabilidad. Entiéndase el riesgo social como una posición de amenaza
a la integridad física, emocional o social que puede enfrentar un
individuo o un sector de la sociedad ante las eventualidades de la vida.
Por su parte la vulnerabilidad surge del riesgo social y la
imposibilidad de hacerle frente por carecer de los recursos o mecanismos
para que no se concrete el daño de la amenaza.

Es
claro que los riesgos sociales están presentes. Las eventualidades de
la vida pueden ser individuales o sociales, así como también,
ocasionadas por uno mismo o ser producto de algún fenómeno natural.

También
es necesario establecer que hay grupos que se consideran vulnerables
per se. Tal es caso de la situación de extrema pobreza que afecta a
miles de individuos, familias y hasta comunidades. En una sociedad tan
machista, las mujeres constituyen otro grupo que generalmente están en
riesgo y vulnerabilidad. Podemos seguir haciendo un recorrido y
mencionar a los indígenas, los problemas por motivo de edad en niños,
jóvenes y personas adultas mayores. El tema de género y la diversidad
sexual es mas complejo. La fuerza trabajadora y los campesinos son
sectores que se deben analizar de manera independiente por la
vinculación con las estructuras de poder que usan a éstos a la
conveniencia política.

Si
buen la justicia social nos debe conducir a dar a cada quien lo que se
merece, la necesidad de solventar las diferencias que limitan las
capacidades de superación de los grupos vulnerables, nos hacen
referirnos al tema de la equidad. Junto con la justicia, la equidad, nos
exige compensar las diferencias y empoderar con acciones para
equilibrar las oportunidades de desarrollo y de atención.

En
estos días, en los que estamos viviendo una reestructuración de las
instancias de poder, algunos se cuestionan qué tanto estamos avanzando
en nuestro sistema democrático en la representación real de los grupos
vulnerables en ellas.

Por
un lado se ha avanzado en la postulación de candidatos que se haya
tenido que inscribir un 50-50 por ciento en el género para cargos de
elección popular. El problema es que la conformación de las instancias
de poder por elección popular al final dependen de una elección que no
garantiza que se tenga un 50-50 el el género de elegidos. Siguen en
comunidades imperando el prejuicio contra la mujer, la violencia
política en género, que limita la percepción de que son capaces para las
tareas de gobierno.

También
se empieza a considerar que es histórico que un gobernante tenga un
50-50 por ciento en el género en su gabinete. Como también algunos
grupos cuestionan determinados nombramientos por considerar que no
cumple con el perfil de la tarea de gobierno. Para el campo no se elige,
por ejemplo, a un campesino. O también esta el caso, de una dependencia
dedicada a la atención de personas con discapacidad el nuevo servidor
público para dirigirla no cuenta con esa condición de vida.

Sin
embargo, para conseguir una inclusión plena de los grupos vulnerables
no se debe limitar solo a números. Requiere además una mentalidad
abierta y pensante vinculada en favor del sector vulnerable. No por ser
mujer ya lleva implítico el hecho de que pensará y solucionará la
problemática de la dificultad de crecimiento y desarrollo de la mujer.
Así como hay mujeres que por razones culturales son machistas, hay
también hombres que han podido evolucionar y ser más feministas, que
saben darle el valor de la mujer y reconocen y promueven la capacidad de
la ésta en su crecimiento y desarrollo.

Los
mismo pasa con la discapacidad. Aunque hay liderazgos en este sector,
no podemos afirmar que la presencia de una persona con discapacidad
realmente venga a ayudar de manera plena a este sector. En primera
dependería del tipo de discapacidad y por lo cual ese sería el enfoque,
la posibilidad de que algun otro tipo de discapacidad no sea debidamente
atendida. Pero también es necesario contextualizar, para los que
conocen realmente como se estructura este sector, los grandes
diferencias que existen en los diversos grupos de personas con
discapacidad. Esto les ha impedido a realmente encontrar la unión que
les permita tener una fuerza real para luchar por sus derechos e
intereses. Una persona que no tiene discapacidad no necesariamente
significa que no entienda ni procure dar cauce a los derechos de ese
sector.

Como
podemos ver, el tema es más complejo que simples números. Es necesario
ir más a fondo en la acciones, en el perfil y la ideología conformada
por los valores de una persona para juzgarla en la lucha por buscar más
inclusión de los grupos vulnerables.

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