Enrique Vidales 25 septiembre, 2017

Desde hace tiempo varios analistas lo han dicho: la comunicación política, el diálogo entre las estructuras de gobierno con los ciudadanos, es deficiente; por no decir, nula.

Esto quedo más de manifiesto en las primeras declaraciones del presidente Enrique Peña, el silencio de Mancera en los primeros minutos de la tragedia, pero sobre todo, en el caso de la supuesta niña “Frida Sofía” de la escuela Enrique Rébsamen.

Es ahora claro que Enrique Peña Nieto no usa sus redes sociales. No había pasado cinco minutos y por vía las redes sociales como Twitter y Facebook y en la mensajería de Whatsapp, la noticia de que algo trágico sucedía en la capital recorría los espacios digitales con toda la discusión e intercambio de mensajes que conlleva un acontecimiento de esa magnitud.

Al momento de llegar en el avión a la CMDX fue claro que el presidente ignoraba el drama. No pudo articular un mensaje claro y preciso que dimensionara lo que sucedía en la capital. Esto es mucho más que el equívoco de los 1 o 5 minutos. Como presidente de la república debe estar siempre informado de lo que pasa en el país. Así como también estar preparado para actuar con la mayor rapidez. Mucho más cuando apenas días antes habían sucedido movimientos telúricos que aumentan la probabilidad de otros fenómenos similares.

También podemos observar una gran falla estructural en la atención de una tragedia ya inmersos en una sociedad política más democrática y no tal lineal y hegemónica como lo era México en 1985. La tragedia afectó estados donde las autoridades son encabezadas por diferentes partidos políticos al presidente y entre ellos mismos. Bastaba darse un tiempo en las redes para conocer que estaba sucediendo. Para conectar con el drama de las calles y la angustia de los capitalinos. Eso era ajeno para el presidente y las autoridades locales , que no vieron las redes, no se conectaron como muchos lo hicimos para estar al pendiente de la tragedia.

Cuando la información es muy importante y vital para recuperar la calma y confianza en las autoridades, parece que hasta en eso privan los intereses individuales y de partido. Inclusive mejor calladitos y esperar que otro actúe, como también, hacer parecer al otro como inoperante en la tragedia para después entrar en el salvamento y así ganar puntos a la causa particular.

Debería existir una instancia totalmente fuera del esquema político de gobierno partidistas. Un centro nacional de atención a desastres, que tenga la capacidad técnica y presupuestal para hacer frente a una emergencia nacional. Que sepa centralizar la propagación de información para evitar la ambigüedad en los datos.

Las redes si bien jugaron un papel fundamental para conocer el alcance de la tragedia, también hay que decir y reconocer que se volvió, al mismo tiempo en algunos casos, en un obstáculo. Muchos hablaban con medias verdades o medias mentiras, lo que impedía valorar el significado real de lo que sucedía.

Fue el caso de la niña Frida Sofía donde actuaron dos grupos, el oficial representado por la Marina y otro privado por una empresa particular que atendía también el rescate. A ambos se les dio voz para decir lo que sucedía. Al final, por ser más importante vender que tomar conciencia sobre la información que se emite, se impuso una situación que dejo mal parada a la Marina al tener que asumir toda la responsabilidad por el fiasco de la información que se proporcionó.

Para la presidencia se suma este fallo estructural de la comunicación con el fracaso de no saber comunicar las ventajas y alcances de las reformas estructurales, como también, de la transferencia de responsabilidad de los gobiernos perredistas estatales y municipales a la imagen presidencial la desaparición de los estudiantes de la escuela normal “Isidro Burgos”.

El temblor, además de las víctimas y los daños estructurales en edificaciones, también vino a evidenciar el error de la falta de comunicación política genuina. No se habla ni en el lenguaje que se requiere para la ejecución de las políticas públicas y acciones de gobierno, como tampoco, en la sensibilidad que el pueblo demanda para que los mensajes sean efectivos y eficientes.

Al final lo que queda más en la mente del mexicano es el meme, la imagen que critica sin un fundamento real, sin ir al fondo del problema, que no propone nada para mejorar pero si enciende el ánimo para continuar señalando errores de gobierno.

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