Enrique Vidales 1 junio, 2018

Se entiende que existe mucha decepción por la clase política, los partidos políticos y los integrantes del gobierno. La incapacidad y falta de compromiso en atender las demandas ciudadanas sumados con la corrupción y el enriquecimiento inexplicable de algunos políticos han conducido al hartazgo ciudadano y el repudio a los que “huela” a política.

Lo peor de este escenario es el fortalecimiento de la apatía que como resultado produce inacción social. Lo que es bueno para seguir manteniendo al sistema político. Cuando se trata de asuntos sociales y temas comunitarios la falta de participación ciudadana otorga el “cheque en blanco” a favor del gobierno. Un desequilibrio que alienta la violación de los derechos fundamentales de la sociedad.

¿Qué es lo que debemos hacer?

Desde hace más de 200 años perdura como principio de organización política la teoría del CONTRATO SOCIAL emitida por Juan Jacobo Rousseau. En ella se establece que la sociedad política nace de un convenio o contrato entre dos partes: gobierno y gobernantes. Los últimos, en la incapacidad de gobernar por ellos mismos, cedía este derecho a los gobernantes, para que a su vez estos garantizarán la seguridad, certidumbre y compromiso en la resolución de las necesidades ciudadanas.

A la fecha tal pacto se ha corrompido y desviado. Hoy ya no tiene vigencia ante una sociedad cada día mas diferente de la que vivió Rousseau.

Por lo menos, la globalidad y la tecnología nos conducen a nuevas formas de interacción social con comunicación bilateral, directa e inmediata. Los actos públicos y de gobierno están sometidos a un escrutinio más abierto y plural. Esto implica una forma diferente de interactuar entre gobierno y ciudadanía.

De hecho, la diferencia entre político y ciudadano pende de un frontera muy fina y difícil de evidenciar. Si nos vamos a fondo, todo político es ciudadano por ser surgir y ser parte de la sociedad. Esto dentro del contexto de los sistemas políticos democráticos. En los monárquicos perdura aun el derecho del linaje y sangre que diferencia entre el plebeyo y los miembros de la nobleza o casa real. Sin embargo, las actuales monarquías parecen sucumbir a la ciudadanía de sus reinos y los príncipes ya se casan con plebeyas. Lo que les faltaría en ese proceso de evolución es el cambio de protocolo de conductas inflexibles que endiosan la imagen del monarca hacia una forma de diálogo e interacción mas franca y honesta entre el noble y el plebeyo.

El Pacto social como teoría política ya no tiene correspondencia en nuestra época. La interacción impulsada por los medios electrónicos por las redes sociales, nos obligan a la reflexión de qué tipo de convención social tendríamos que fortalecer en la actual sociedad política.

Una interacción que nos conduce a la transparencia, rendición de cuentas, escrutinio público de las decisiones de gobierno, con lenguajes y diálogos más coloquiales, abiertos y plurales. Necesitamos revisar los principios de la crítica política, la urgencia de modificar el paradigma cerrado y obcecado de la clase político que se no escucha, ni responde a las demandas ciudadanas, tengan o no sentido.

Tal vez, las nueva reglas mas flexibles y abiertas permitirán un reposicionamiento de la clase política y los organismos de gobierno. Los canales de comunicación serás más fluidos y cercanos a atender las necesidades de los ciudadanos.

El CONTRATO SOCIAL debe revisarse y ponerle nuevas condiciones. Es vital una versión 2.0 que nos ayude a la sociedad no solo en el compromiso, sino también, en la acción política que construya las bases para el crecimiento y desarrollo social.

No se puede dividir a la sociedad en dos partes. Es trascendental que se integre en una sola sociedad política donde se velen los derechos y obligaciones de todos con respeto a las normas jurídicas y los derechos fundamentales que respetan al hombre, a la sociedad y al medio ambiente.

La nueva sociedad debe construirse en igualdad de oportunidades para todos sus miembros aun cuando existan derechos u obligaciones diferenciadas.

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