Democracia, a la interpretación mexicana

En estos días, a partir de la impartición de la asignatura Ciudadanía Activa en el último semestre de preparatoria en el subsistema de bachillerato estatal, los estudiantes y un servidor estuvimos analizando la lucha por el derecho a voto de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos. Nos hemos concentrado en la película Selma e historia de Martín Luther King.

Las secuencias de violencia en contra de la gente de color mantuvieron estupefactos a los alumnos. “Maestro ¿eso fue real?” – me cuestiona uno de ellos. “No solo son reales, sino que se suscitaron en una nación que se ha dicho defensora de la democracia en todo el mundo, inclusive derrocado gobierno en nombre de ella” – respondí

Nuestro país concreto desde el año de 1953 el derecho de voto a las mujeres, con lo cual quedo firme el sufragio universal que permite que todos los ciudadanos, los mayores de 18 años, puedan ejercer el derecho civil de votar y ser votados, sin ninguna distinción, segregación o discriminación. “Sin el derecho a votar, no podemos tomar el control de nosotros mismos, sin el derecho a votar, dejamos que sean otros quienes toman las decisiones de otros” – afirma en un discurso la representación de Martín Luther King.

Efectivamente en la democracia que se dice representativa el mecanismo para garantizar que las decisiones se sustenten en la mayoría es por el voto. En los tiempos actuales se pretende dar un paso hacia adelante al respetar a las minorías que, si bien no alcanzan a tener una representación efectiva, igualmente tienen necesidades que deberán ser cubiertas y atendidas por los demás. Es lo que algunos distinguen como la democracia consensuada.

Pero cómo dar ese paso definitivo que garantizaría una atención integral de todas las necesidades si aún con el sufragio universal no podemos sentirnos satisfechos de tener un sistema político realmente efectivo y con valores que impidan caer en las garras de la corrupción. Una realidad es el deterioro que tiene la clase política por las aún carencias en la atención de las necesidades ciudadanas. Más cuando día a día podemos ir descubriendo que no importan los colores porque parece que todos los políticos están cortados por la misma tijera.

Algunos quieren desligarse asumiendo una “base ciudadana”. Es de moda los gobiernos ciudadanos. Una retórica que engaña, que confunde, y que al final, el resultado es peor. Ningún gobierno puede ser ciudadano, aunque en esencia todo integrante del mismo lo sea. Porque el gobierno implica el ejercicio de la autoridad, y con ello la supresión de las libertades que se gozan con el estatus del ciudadano. Como autoridad solo puede hacer lo que la ley le dicta en la razón de que salirse de los parámetros impuestos constituye un posible acto de abuso de su mando o jurisdicción.

De tal manera que el ciudadano que decide hacerse cargo de un cargo en el gobierno, en su persona tiene depositado el ejercicio de la autoridad que lo obliga a hacer valer la ley, a cumplirla y garantizar que el pacto social entre gobierno y ciudadanía se cumpla en beneficio de la colectividad y la justicia social.

Un proceso que los mexicanos no estamos entendiendo por estar más sumergidos en el individualismo que solo hace mirar hacia adentro.

Lo paradójico es que los mexicanos hemos idealizado tanto a la democracia. En el artículo Tercero Constitucional se afirma que ésta debe considerarse “no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”

¡Qué lejos estamos de realmente concretar un espíritu realmente democrático en nuestra sociedad! … por lo menos el ideal consignado en la propia Constitución.

Tenemos entonces que llegar al punto de la reflexión seria y responsable que nos llevará a darnos cuenta de somos nosotros, los ciudadanos (que no somos gobierno) a ser responsables de muchos de los problemas que nos aquejan.

Regresando al principio, México es un país que como muchos tenemos una historia que aspira a construir una sociedad democrática. Un sendero que no ha sido fácil recorrer. Tenemos una historia propia con grandes avances, aunque falta muchas cosas por hacer. Pero es desde la base de los ciudadanos, que día a día se puedan comprometer más en la construcción de una mejor sociedad, un gran comienzo para que los rezagos que faltan atender en la materia puedan ser debidamente canalizados de forma positiva, propositiva y constructiva.

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