Enrique Vidales 21 julio, 2015

Los antiguos griegos cultivaban en el deporte el modelo físico del hombre, el fortalecimiento de la paz en la sociedad y la relación de los humanos con la deidad. En los países revolucionarios el deporte resaltaba la fortaleza cívica que consolida el orden social. En la sabiduría popular se reconoce que el fomento del deporte es la mejor estrategia para disminuir la ociosidad, madre de todos los vicios, en la juventud.

Sin embargo, por la falta de apoyo el gobierno para el deporte se ha recurrido a los patrocinadores, la evolución del concepto de Mecenas. Solo que éste último “patrocinaba” el cultivo de las artes por simple placer, por el gusto de fomentar y enaltecer la cultura. No existía la visión utilitaria del patrocinio, que al parecer es lo que hoy caracteriza a todas las marcas que imponen sus criterios en la práctica del deporte.

Ese es el caso de la nadadora Fernanda González quien denuncia a los  directivos del Comité Olímpico Mexicano (COM), por usar un traje de baño diferente. El punto de disputa es que el traje contiene las marcas de los patrocinadores.

¿Debe un deportista estar sujeto a las decisiones y lineamientos de una marca patrocinadora aun cuando éstas afectan el rendimiento deportivo?

Sabemos que hay muchas historias del mundo capitalista y de mercado que pondera más el utilitarismo monetario que un interés deportivo. Lo peor es que las autoridades deportivas, que deberían vigilar por el interés público de un deporte, y mucho más, de un seleccionado nacional que usa por su naturaleza la Bandera Nacional y nombre el país representándonos como nación.

Ahora se dice que la actitud de la nadadora amerita un cese de por vida de competencia. El monopolio aberrante que impone castigo y vulnera el trabajo de años de entretenimiento y esfuerzo.

Muy estamos como sociedad cuando vemos estos casos que son auténticas muestras de corrupción de la sana competencia y los valores deportivos que se deben fomentar.

Pero el dinero de los patrocinios puede más que los valores deportivos olímpicos. Un acto que se une al descrédito del deporte que inició con el escándalo de corrupción de la FIFA con Blatter.

Lamentable que lo que debería sacar lo mejor de los humanos, lo que construye historia de éxito, esfuerzo y disciplina, hoy se vea opacado por la avaricia monetaria de los dirigentes que lucran con el deporte, con las buenas intenciones, con el esfuerzo de años, con la disciplina que conduce a historias de éxito que se convierten en modelos sociales.

La podredumbre ya alcanzó al deporte, no solo internacional, sino que en nuestra nación son igual de corruptas las autoridades que dirigen las delegaciones olímpicas.

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