Enrique Vidales 24 noviembre, 2017

Las dos últimas elecciones presidenciales representaron desde el inicio un reto para quienes asumieron el cargo. El cuestionamiento a Felipe Calderón con aquello del voto x voto, casilla x casilla marco un estado de continuo cuestionamiento sobre la legitimidad de su triunfo electoral. En su época, Andrés Manuel López Obrador, fijo una postura disidente hasta constituir la figura de “presidencia legítima” que, si bien no tenía ningún efecto legal, por lo menos, en lo mediático fue la sombra que acompaño al sexenio calderonista.

En el caso de Enrique Peña Nieto todo empezó con el caso de los estudiantes con el movimiento #YoSoy132. El tema del cuestionamiento social se recrudeció desde el primer momento de su sexenio. A Peña le tocó ya gobernar en una sociedad donde se expanden y consolidan las redes sociales. Espacios que vinieron a transformar la manera en como expresar y discutir los temas sociales y políticos. Hasta cierto punto más abierto, pero con la falta de control en los contenidos y alta de usuarios, un cultivo para la expresión anónima y en muchas ocasiones insulsa.

Es la memetización de los actos públicos y de gobierno. Una forma de buscar la ridiculización de los actos en la crítica. En muchas ocasiones sin un fundamento al no tener la información correcta de las situaciones. Sin embargo, en muchas más ocasiones algún comportamiento errático de la autoridad ha propiciado que la población exacerbe la burla. Pero también hay quienes han alterado la verdad de las cosas. La facilidad de los editores de foto, audio y video han permitido la creación de situaciones ficticias que han sido motivación para ensañarse en contra de las autoridades.

Hasta cierto punto la burla a las instituciones siempre ha existido. Desde el panfleto, la caricatura política y social, la obra de teatro popular, el chascarrillo o chiste popular han sido los medios tradiciones de denostación política. Espacios donde el ciudadano ejercía una crítica sobre el gobierno y la clase política.

Hoy en día la tecnología nos ha dado nuevos espacios de expansión de la opinión crítica. Los recursos multimedia y las redes sociales han transformado estas formas de expresión popular.

Se ha hablado y discutido la conveniencia de regular los contenidos. Pero sería como si en los medios tradiciones se determinará que se puede decir o no. Lo que se consideraría una violación indiscutible a la libertad de expresión, hoy considerada como un derecho humano.

Así que las próximas autoridades tendrán que fortalecer muy bien el estómago y ser muy calculadores de las acciones y palabras. Ahora todo puede ser usado en contra de uno. Nadie está exento de ser expuesto y exhibido en una red social de manera inconveniente. Mucho más para los políticos y autoridades.

Ya no es una cuestión debatir si es conveniente o no la regularización de las redes sociales. En la realidad de este mundo global constituye una realidad, con lo que tenemos que aprender a vivir, soportar y procesar de manera inteligente.

Difícil coartar la libertad de expresión. Mucho menos cuando lo político depende de la percepción que los ciudadanos se crean y que han encontrado, para bien o mal, en los espacios de las redes sociales una oportunidad de desahogar las frustraciones y el hartazgo social.

Una cosa es más que cierta… que el próximo mandatario es posible que logré el triunfo con un poco más del 25 por ciento de la votación. En una interpretación contextual significará un rechazo de tres cuartas partes del electorado. Por lo cual, el bullying será mayor.

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