Enrique Vidales 2 diciembre, 2016

Literal… se tuvo que parar las rotativas en la noche del viernes al sábado. Fidel Castro, el hombre, figura y líder de la revolución cubana, había fallecido. Los medios como el Granma de la isla cubana se caían por la incipiente búsqueda de información. Gracias a la Internet y las aplicaciones de radio mundial pude sintonizar una estación radiodifusora oficial y empezar a seguir la noticia que daba vuelta al mundo con la provocación de diferentes reacciones.

Nacido el 13 de agosto de 1926 en Birán, Cuba Fidel Castro encabezó el gobierno cubano desde 1959 hasta 2008 cuando delegó en su hermano Raúl la responsabilidad de la presidencia de la isla. Pero continúo siendo un punto de referencia no solo para el gobierno; sino también, para todo el mundo, especialmente el hispano.

Hombre polémico por naturaleza no se le puede tomar desde una posición fría o intermedia. Es de los líderes que algunos aman, pero también, otros odian. No hay oportunidad para los matices.

Esto nos obliga a ver a Fidel Castro como un ícono del siglo pasado. Es un punto de inflexión en la lucha contra las injusticias y desigualdades del mundo moderno. Castro significó para el mundo entero un líder que se enfrentó duramente, sin miramientos y frontalmente, al imperialismo norteamericano.

Ese imperialismo que provocó la ejecución del presidente Salvador Allende, el primer presidente comunista que llegó por la vía electoral y democrática en Chile y que fue derrocado por un golpe de Estado promocionado por los Estados Unidos. Fueron los tiempos de Nixón dentro de la paranoia yanqui contra el comunismo incipiente en América. Un peligro para la concreción del Destino Manifiesto, la doctrina que justifican los mismos yanquis su intromisión en los problemas internos de las naciones americanas.

Hoy hay quienes se rasgan las vestiduras contra la dictadura castrista y la violación de derechos humanos que sienten fue escándalo y es condenable; pero no lo hacen contra las atrocidades de Pinochet en Chile y el intento efectivo del atentado e intromisión desde Washington para derrocar a un gobierno elegido democráticamente. Es el claro ejemplo del doble discurso y doble moral con la cual algunos pretenden explicarse lo que está bien para unos y lo malo son los otros.

Fidel Castro es un ícono político. El símbolo de una lucha contra la intervención y la extorsión de intereses ajenos al sagrado valor de la soberanía y libertad de los pueblos a elegir su propio gobierno, la definición de la visión de Estado y características de sociedad, ideología y programa político.

Quienes hacen denostación contra Fidel Castro son los mismos que alaban un embargo brutal e inhumano y ajeno a cualquier principio de diplomacia y derecho internacional. Un embargo que es coparticipe de la desgracia económica de Cuba.

Posiblemente alguien alegue que en los que intentaban huir se encuentra un síntoma del fracaso político del castrismo. Sin embargo, son muchos más los que se quedan. Ningún régimen de gobierno ha durado tanto como el gobierno cubano aún con mejores condiciones de intercambio comercial.

No significa que la historia termina exonerando de errores cometidos durante la larga estadía de Castro al frente del gobierno cubano. Pero tampoco significa hacer un linchamiento sin considerar todo un contexto de desigualdad e intervencionismo que marcaron la ruta de lo que hoy es Cuba.

¿Cómo se puede pedir democratización cuando hay un embargo comercial, que como si fuese una pistola carga en la sien, obstaculiza la consolidación de las libertades y derechos humanos?

Fidel Castro ha muerto. Con esto termina una época muy importante en la evolución política de Cuba y de América Latina.

Cuestionar lo que sigue es justo y necesario.

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