“Fest”… “restaurant week”: snobismo y malinchismo idiomático en AyuntaMerida

El pasado 21 de febrero celebramos el día internacional de la lengua materna. Una celebración que nos debe llevar a la reflexión sobre la riqueza idiomática de los pueblos. En nuestro caso de la contribución del maya y del castellano que han dado una forma de comunicación ora muy peculiar y distintiva del yucateco. Por ello se ha destinado todo un mes para recordar la importancia de la maya en la vida cotidiana, en la forma de comunicarnos que al final es el reflejo de los valores culturales de nuestro pueblo.

Recuerdo que el poeta Fernando Espejo, un gran impulsor de la importancia del lenguaje yucateco – “… aquel que se habla en Yucatán” – decía, debe ser materia de orgullo. Un orgullo que se consolida cuando sabemos que hay algo que es nuestro, que nos pertenece. Nuestro idioma tiene una riqueza nacida del sincretismo que da una colorida sin igual, vasto en la forma de comunicar ideas, emociones y sentimientos.

Es la maravilla del “huay” que en maya significa espanto, pero que por penetración lo hemos convertido en un vocativo. Que por cierto, el que no lo diga al momento del susto o sorpresa, es un claro distintivo de que no es yucateco. Como ese abundan otros ejemplos que hacen del yucateco una forma peculiar y única para comunicarnos.

Es por eso que llama la atención que desde el Ayuntamiento de Mérida se tenga una actitud malinchista y snobista al usar términos ajenos para algunos programas que patrocina. Aunque es un poco más generalizado el término “fest” para mencionar a un festival, no hay duda de que gramaticalmente se trata de un barbarismo.

Pero lo peor ha sido ahora la campaña de restaurantes que tiene su “restaurant week”, o que es lo mismo, la “semana de restaurantes”. Un programa donde varios restaurantes han convenido un menú por 99 pesos. Un esquema que viene a realizarse en varias partes del mundo y que en el caso de Mérida está siendo patrocinado por el Ayuntamiento y la CANIRAC.

La idea para impulsar y consolidar la industria restaurantera en la Ciudad no es mala. Adaptar modelos de éxito de otras latitudes tampoco se desdeña. Pero como “adaptación” debería buscarse adecuarse a los valores propios. No solamente ser simples copias.

¿Por qué dónde queda la creatividad y el compromiso de respetar el idioma propio, el materno, el nuestro?

Hoy más que nunca debemos respetar nuestros orígenes, entre ellos el idioma que hablamos los yucatecos. La globalidad nos obliga a fortalecer nuestra idiosincrasia que se expresa en la lengua y en la forma como nos comunicamos.

La autoridad debería ser la primera en recordarnos el valor y respeto de nuestra lengua materna.

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