Enrique Vidales 6 enero, 2018

¿Por qué en nuestro país resulta difícil conjuntar los esfuerzos, coincidir en los temas y las causas comunes que nos garantizan el bienestar general?

Hace más de dos décadas, leí en un libro de Gabriel Zaid que afirmaba que, bajo la efusividad de los mexicanos al saludarse con el abrazo y las palmadas en la espalda, se esconde una generalizada desconfianza. El abrazo y las palmadas son para palpar y catear si la persona no tiene un arma o algo que después pueda ser usado de forma traicionera contra uno, sostenía el conocido escritor.

Aunque tal razonamiento pueda resultar muy exagerado, es un reflejo de lo que en fondo y de manera arraigada es el actuar y sentir de los mexicanos.

No puede salir alguien que quiera hacer un bien para la comunidad e inmediatamente se empieza a dudar sobre sus intenciones, se especula lo que se obtienen de beneficios y se tira toda la crítica para desacreditar no solo las acciones, sino lo peor, dirigirse contra la persona, su integridad moral y fama pública.

Esto trasciende hasta los actos públicos. Nos sentimos con el derecho de cuestionar a las autoridades y las instituciones porque entre los factores que lo impulsan es la desconfianza que cargamos en contra de ellas. Parecería una especie de paranoia social que nos fortalece el sentimiento de animadversión institucional.

Lo que es cierto es que los problemas sociales deberían ser más importantes que las diferencias que surgen por la desconfianza y la envidia.

La democracia se debe entender más allá de un régimen político para ser un sistema de vida que otorgue las oportunidades para todos, tal y como se expresa en el artículo Tercero Constitucional. Esto implica abrir las puertas a todos, sin distinción.

Sin embargo, parece que nos mueve una motivación diferente. La desconfianza nos hace ser entes individualistas que si podemos ponerle un pie a quien avanza, no se pierde esa oportunidad. Como resultado se mina el camino del avance y del desarrollo. Es el obstáculo que impide que los problemas sociales se resuelvan.

Lo que debería ser una suma de esfuerzos, por la desconfianza y la envidia, se divide y polariza la lucha social. Es la incapacidad de encontrar las coincidencias profundas que se fundamentan en los objetivos comunes y el bienestar social general.

Es el protagonismo que nos ahoga y nos hunde en la mediocridad social. El figurar para uno mismo y no para darse a los demás.

El premio Nobel de literatura mexicano Octavio Paz lo dice claramente en su obra El laberinto de la soledad: “Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado”. Otra forma de expresar la Ley de Herodes – “O te chingas o te jodes”

Por eso es muy fácil trasgredir las leyes. Fomentar la corrupción. Engañar y pisotear al que esta a lado. Impedir que siga subiendo el que logra el éxito.

Porque no hay más allá de la visión individualista y personal. El YO es lo que importa. No hay un TU y menos un USTEDES y NOSOTROS. Porque desconfío de los demás. El mal no está en uno, sino en los demás. Por lo cual me tengo que proteger y enmascarar. Cubrir lo que soy y pensar que los demás son iguales a mí.

Situaciones que son profundas en la psique del mexicano. Que lo caracterizan y nos conducen en la línea del tiempo para ser lo que somos como pueblo y cultura.

Una nación desconfiada de lo que podemos hacer juntos, de los talentos que nos harían mas grande y potencia en el mundo.

El enemigo, no lo tenemos afuera, está en nuestro ser.

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