Enrique Vidales 29 septiembre, 2016

 

Estamos viviendo nuevas realidades en el proceso y contexto de la comunicación. La incorporación de nueva tecnología y la apertura de espacios más democráticos para el ejercicio de la opinión pública están ocasionando trastornos en la interacción mediática en la sociedad.
Se creía que la información da poder. Ahora parece que solo “contar” con información no basta. Lo importante es saber manipular los datos, contar con cierta credibilidad y el mecanismo para difundir, expandir o viralizar el mensaje. Con la falta de capacidad lectora crítica los receptores quedan atrapados en el concierto de calumnias y difamaciones en la comunicación social.
Están los casos de The Guardian y la investigación sobre los departamentos en Miami de Angélica Rivera. Una nota que especial acogida en los ánimos antipeñista. Ahora que el medio aceptó que hay información no completa y la veracidad de la nota está comprometida, los que hicieron eco de la misma se han callado y no se han unido a la disculpa para las personas involucradas y afectadas en su imagen por la nota.
Hace algunos días con motivo de la desaparición de un sacerdote en Michoacán, en medio de la investigación, las autoridades judiciales dieron a conocer la imagen de un hombre saliendo de un hotel con un menor. Esto ocasionó un animadversión social por el clima de odio y de repudio contra los sacerdotes por los casos de pederastía, que sin negar la mala actuación de algunos prelados, no se debe generalizar sin sustento. Primero fueron los empleados del establecimiento que afirmaron que el sacerdote no se había hospedado ahí. Después una persona afirmó que la imagen correspondía a su esposo e hijo. Pero esos elementos no bastan para cambiar ya una verdad impuesta.

Pero el daño está no solo hecho sino que se encuentra exponencialmente difundido y posicionado en la mente de la población que resulta ineficiente cualquier disculpa o aclaración.
Estos casos que son abusos del ejercicio de la libertad de expresión nos debe mover a los que estamos en estos medios a reflexionar sobre la importancia de la ética y la investigación periodística. Una reflexión que nos conduzcan a establecer parámetros de buena práctica periodística.
Nos debe quedar claro que la libertad de expresión no es un permiso para dañar sin fundamento a las personas o las instituciones. Es un compromiso y acción por la verdad en los hechos y argumentos, aun y a pesar, de la subjetividad o imparcialidad de quien interpreta y da sentido a la realidad.
Rousseau establecía el principio de la tolerancia con la frase “Puedo no estar de acuerdo con lo que dices; pero defenderé hasta la muerte el derecho que tienes de decirlo” que de forma amplia puede resumirse como la justificación de que todo vale al final. Pero la mesura y la sensatez deberían fungir como límites para saber qué decir, valorar el efecto sobre las personas involucradas, valorizar el peso de la evidencia y aceptar que podemos estar jugando con la integridad de las personas, instituciones y la sociedad.

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