Enrique Vidales 10 noviembre, 2017

El pasado fin de semana en la cola para esperar rellenar un botellón de agua purificada fui testigo de un incidente que me ilustró mucho del pensamiento político de los mexicanos. Resulta que una persona que llenaba su respectivo botellón de 20 litros se da cuenta que no se había cargado por completo. Por consecuencia empezó a vociferar – ya ven, maldito gobierno … no se llenó… por eso estamos como estamos … maldito gobierno … es la corrupción de México – entre algunas expresiones. Tomó su botellón y sin dejar de seguir clamando se subió a su auto y se fue.

En primera instancia, valdría la pena enfatizar que si el botellón se llena o no se llena no es un asunto de Estado, mucho menos de la responsabilidad de los órganos del gobierno federal, estatal o municipal. Es un asunto netamente privado, entre particulares, cliente y empresa con la posibilidad de acudir a la propia empresa o en su caso a Profeco para hacer valer lo que se considera se tendría el derecho a un mejor llenado del botellón.

Sin embargo, aquí tenemos el primer indicio o ejemplo del pensamiento político del mexicano: suponer que todo, pero todo, es culpa del gobierno o del sistema político del país.

La solución a esta situación, por sensatez y simple lógica, está al alcance de este iracundo señor. Hay que hablar o acudir ante la instancia facultada de darle solución al problema y mejorar el servicio.

Sin embargo ¿por qué no se hace los pasos adecuados?

Pues es muy simple… resulta mucho más fácil hablar, vociferar o clamar que verdaderamente accionar los pasos que resolverían una situación incómoda.

Algunos dicen que la sociedad está cada vez más abierta a la discusión de los temas trascendentes del país y más participativa en los procesos de toma de decisión social y política. Pero se alcanza a ver la evidencia que sostenga tales apreciaciones.

Es cierto que las redes sociales han democratizado la expresión ciudadana en cuanto a la crítica política y social. Pero al final se queda en solo la expresión sin una acción.

El ejemplo más claro lo observamos en el caso de Uber. ¿Cuántas personas no se volcaron en las redes sociales para apoyar a dicha empresa y expresar su furia contra el gobierno? ¿Cuántas de esas personas acudieron finalmente a la manifestación ciudadana que se convocó en las redes sociales? Si la gente que tanto hablo y hablo hubiese sido congruente hubiera rebosado el Monumento a la Patria.

Por lo cual es más que claro que resulta mucho más fácil “hablotear” para manifestar el hartazgo social e insultar con la mayor enjundia a las autoridades que ponerse en acción y comprometerse a luchar por una causa social.

¿Cuántos ciudadanos no se dicen hartos de la clase política, de los partidos políticos y del sistema político y sus instituciones?

¿Cuántas de estas personas ya depositaron su confianza a alguno de los candidatos independientes?

Lo que podría ser una forma de evidenciar el rechazo al sistema político son las candidaturas independientes. Pero hoy se evidencia la apatía del mexicano al asunto de lo político. Si verdaderamente el pueblo está harto del sistema y de los partidos, para esta fecha la firma de apoyos para las candidaturas independientes ya debería de haber cumplido y superado la cifra. Pero no es así. Al contrario, la recolecta de firmas va por mucho debajo de la expectativa. Por lo cual, las candidaturas independientes se convierten en una misión imposible.

En la interpretación política hay una expresión que dice “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Al parecer, con la actitud pasiva de los mexicanos se confirma y valida el contenido de la sentencia.

La democracia no se consolida solo con el ejercicio de la libertad de expresión que permite decir lo que queramos si no vamos a la acción comprometida y decidida para transformar a la sociedad y al sistema político.

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