Enrique Vidales 29 mayo, 2015

En días pasados un panista activo, ex funcionario y ex legislador, Alberto del Río Leal dio a conocer a la opinión pública una serie de observaciones y hechos que sustentan el desvío de postulados y principios del panismo. Acusó que el partido es manejado hoy por un grupo de individuos que empoderados en la directiva han desvirtuado la esencia del PAN. Lo político hoy es manejado por criterios económicos que además están sujetos a los caprichos e intereses de grupo, sin importar los intereses de la ciudadanía y mucho menos del partido.

Ante este ejercicio de transparencia y rendición de cuentas el panista recibió la embestida de la intolerancia que demuestra el poco compromiso democrático de algunos copartidarios. Bajo la premisa de “los trapitos sucios se lavan en casa y en lo oscurito” denostaron, intimidaron y amenazaron a Del Río y a su familia. Como si fuese más el partido como una secta dogmática se le recrimina el ventilar asuntos internos del partido.

Esto demuestra que el compromiso de transparencia de Acción Nacional es de dientes para afuera. Las decisiones y acciones de un partido son de interés para toda la ciudadanía, más cuando estas instituciones políticas reciben grandes cantidades de dinero como inversión pública para que desde su trinchera se consolide la democracia. Es irónico que el partido que se dice demócrata no tenga la capacidad interna para dirimir diferencias. De hecho en sus estatutos no existe la posibilidad de dar cauce a corrientes críticas. Al final todo se decide y se acata en torno a un sistema hegemónico, vertical y cupular.

Días después, la legisladora del PAN Mary Yoli Valencia se sumó a las críticas y acusación de que un grupo “ha secuestrado” al partido. Por lo cual se deslinda de Acción Nacional, sin llegar a renunciar a su militancia, pero sumándose a la campaña de Ana Rosa Payán Cervera. Lo que sin duda es la gestación del “voto útil” que para algunos panistas es necesario para remover y purgar a la dirigencia que tanto daño le hace al partido.

No ha faltado en las redes sociales las descalificaciones de panistas hacia ambos personajes. Es cierto que para el último caso hay críticas contra la legisladora por prácticas corruptas en su paso por las legislaturas federal y estatal. Sin embargo, la noticia y el análisis obligado de sus declaraciones y decisiones es la confirmación de lo que algunos hemos sostenido desde hace ocho años: el PAN ha dejado de ser el partido político que convencía y seducía por sus principios, por su compromiso democrático, místico en sus acciones, con valor moral y político a toda prueba.

En la práctica real y actual, el partido está actuando como un grupo sectario donde las decisiones, acciones y lineamientos de la dirigencia no se cuestionan, sino que se acepta y se acata. Es un dogmatismo político fortalecido en cuanto se considera que se posee la verdad absoluta. “Estás conmigo o en contra mía” – es la frase que sintetiza el tratamiento que el partido aplica a la queja.

De Alberto del Río Leal no hay duda sobre su militancia. En el caso de Mary Yoly Valencia se dice que mejor que florezca su personalidad traicionera y recupere su nivel. ¿Qué fácil es ahora desechar a quien tiempo atrás se acogió sin discusión porque representaba un activo importante por la vinculación de Valencia en el mundo empresarial radiofónico de Yucatán?

No hay duda que además de la soberbia dogmática hay un utilitarismo en el PAN. Un “use y tírese” cuando ya no convenga a los intereses. ¿En dónde entonces el principio del partido de la dignidad de la persona?

Cuando se supondría que el partido tenga sus procedimientos para dirimir diferencias, al final se comporta de manera inquisitoria. No es admisible la queja, decir “cosas malas” del partido. No importa que se denuncie con sustento y pruebas las prácticas de coacción laboral. En lugar de darle cabida a los señalamientos, corregir el rumbo con madurez y honradez política, la descalificación, la amenaza, la intimidación y otras prácticas insultantes a la razón y tolerancia democrática son emprendidas contra los desertores y traidores. Es el caso de la trabajadora del Ayuntamiento Delia Peña que ya recibió la amenaza de ser despedida de su trabajo por no aceptar, y consiguientemente, denunciar la “obligatoriedad” de participar en campaña. Un hecho que contraviene los derechos fundamentales, consagrados en la Constitución, de libertad de trabajo y de opción electoral.

Lo peor es pretender azuzar que tales acciones – la de Alberto del Río, Mary Yoli Valencia y Delia Peña – es parte de una estrategia del PRI. En una batalla lo menos que deben evidenciar que el contrario resulta más poderoso, que puede penetrar en tus propias líneas y descontarte con tus propios miembros. Es como darle mucho crédito a quien se supone es débil. Con tal justificación solo exponen la vulnerabilidad del partido en las propias palabras de los militantes defensores del panismo.

Las acciones de ambos aún panistas deberían ser tomadas en cuenta. La sociedad debe arropar el intento por hacer del partido una entidad sana en sus principios, valores y acciones. Lo que dicen no es descabellado, ni algo que no está dicho o analizado. Responde a situaciones que se han cuestionado desde hace varios años atrás.

AL CALCE. Los cierres de campaña con grupos o artistas populares representan una gran simulación. Hay una pregunta natural que debería ser analizada por los equipos de campaña y la ciudadanía ¿cuántos asistirán más por ver al artista que por el genuino apoyo a un candidato?

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