Enrique Vidales 20 abril, 2018

Hemos transcurrido los primeros días de una campaña electoral larga, de 90 días. Entre los principales hechos observables podemos mencionar:

Se acrecienta la percepción de debilidad institucional de la autoridad electoral, del Instituto Nacional Electoral. Las decisiones que ha tomado, especialmente las relacionadas con las candidaturas independientes, han resultado cuestionadas por la opinión pública y reviradas por el máximo tribunal electoral. Lo que debería ser garantía en la actuación de la autoridad hoy siembra la duda sobre los procesos, protocolos e intereses que se ven violentados por problemas en la conducción del proceso electoral. Atrás ha quedado el papel fundamental que jugaron los primeros consejos generales electorales al inicio de la ciudadanización de los procesos electorales cuando se crea el Instituto Federal Electoral (IFE). Lo errático y la tibieza no dan la certidumbre y certeza que necesitamos los ciudadanos para que voto realmente cuente.

A este papel incierto de la autoridad las campañas nos están llevando al terreno de la polarización política. La división de la política en los grados totalmente opuestos donde unos son los malos y los otros los buenos, ha permeado también la sociedad minando el estado de ánimo social. Lo que no abona en el respeto y la cordialidad democrática, el respeto y tolerancia a las diferentes formas de pensar. Son los primeros días y hay pasiones encendidas. ¿Cómo se reflejará esto el día de la jornada electoral? Lo que menos deseamos los mexicanos bien intencionados es que la violencia sea la nota el 1 de julio. La jornada electiva debe ser una fiesta democrática, no un ring de pelea encarnizada.

Además, la polarización inhibe la razón y la reflexión de las propuestas y alternativas para elegir. No existe el contraste de ideas que permita analizar qué es lo conviene al país y quién sería el idóneo y pertinente para encausar el esfuerzo nacional para mejorar, cambiar, modificar, transformar y conducirnos hacia un mejor crecimiento y desarrollo económico.

El camino de la consolidación de la democracia no ha sido sencillo. Basta mirar hacia adentro de nuestra historia y evolución política para observar los obstáculos, las trampas, traiciones y decepciones que hemos tenido en el proceso.

Ahora tenemos nuevamente la oportunidad de elegir bien como también de no quedarnos pasivos ante la exigencia de mejores prácticas de gobierno, mayor transparencia y rendición de cuentas en la función y en el servicio público.

Ahora es cuando.

 

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