Un caso de enloda, pero no destruye al Iglesia

PAPAFRANCISCOLa Iglesia está llamada a reivindicar al hombre su contacto con Dios por la separación que, según la fe católica, se produce entre el hombre y la divinidad por el pecado. Lo que menos deberían quienes tienen que cumplir con esa misión es participar de forma activa en la procuración, fomento y consolidación del pecado. En una comprensión amplia es inexcusable que dentro del clero, los llamados a cumplir con la tarea de salvar al hombre, usen el poder de su investidura para dañar la dignidad e integridad de los individuos.

Si algo se le puede criticar a Juan Pablo II, que ensucia su canonización, es precisamente no haber hecho nada por castigar a quienes desde el púlpito atentaban sexualmente con la integridad psicoemocional de varios niños y niñas. Posteriormente Benedicto XVI lo intentó, pero no tuvo la fuerza contundente al castigar con el silencio al p. Maciel, el símbolo de la ignominia sacerdotal en los últimos tiempos. Al parecer el poder económico de los Legionarios de Cristo se impuso y solo quedo en un silencio, en una exclusión y retiro de vida pública. Lamentablemente el carisma de la orden religiosa hoy se encuentra manchado por la vida impropia de un servidor que no supo honrar su nombre.

Ahora se conoce de un nuevo sacerdote, de la orden de los Misioneros del Espíritu Santo, que tenía a su cargo atender al sector de Francisco de Montejo. Un caso que cobró mucha seriedad en la sociedad yucateca por los elementos probatorios en imágenes y sesiones de chat electrónicos donde no dejan dudas sobre los intereses pecaminosos del sacerdote. Se dice que el algún momento ante su denunciante mediático el sacerdote católico expresó que su máxima de vida era el gusto por los niños y la homosexualidad. Sobre este último punto solo es un dicho, pero que ante la evidencia presentada y el silencio de la otra parte es difícil de no creer en su veracidad. Hasta el momento no hay una denuncia concreta de que esas prácticas pederastas se hayan efectuado, lo que constituye un delito que exigiría una pronta acción de las autoridades civiles competentes para su investigación, y en caso de acreditarse esas conductas, su sanción por las vías del derecho penal y civil.

Hasta el momento, en el estado en que guardan las cosas, el tema es eminentemente del orden eclesiástico. Corresponde por ello resolver a la Iglesia Católica por la vía del Derecho Canónico lo que corresponda. A la justicia de los hombres no hay ningún problema porque un sacerdote se crea, se sienta y mantenga relaciones homosexuales, aunque para la Iglesia esté es un problema por su condena moral a la homosexualidad. Lo que haga el sacerdote con su vida privada no es competencia de las autoridades civiles, siempre y cuando no se caiga en conductas delictivas como el acoso o hostigamiento sexual o la comprobación de práctica sexual con menores de edad sin importar si hubo o no consentimiento.

Por lo menos, la administración católica de Yucatán, por instrucción del Arzobispo Emilio Berlie, ya actúo en consecuencia de la denuncia. Emitió un comunicado donde se determina la separación del sacerdote y se ordena una investigación para esclarecer los hechos. La resolución tendrá un alcance exclusivo dentro del ámbito y alcance de las normas del Derecho Canónico.

No deja por ello de acumularse un nuevo escándalo para la Iglesia Católica. Casos de sacerdotes que abusan de la sotana, incongruentes con los principios y fundamentos de la institución eclesial dañan de forma más que irremediable la imagen de santidad que se espera de una institución moral y religiosa.

Sin embargo, también nos abre esta situación a ponernos a reflexionar sobre la verdadera naturaleza humana y sus debilidades. No es una excusa ni justificación. Pero no podemos pasar por alto que antes de ser sacerdotes igualmente son humanos. Como cualquiera tienen sus debilidades, defectos y virtudes. Lo que tenga que ser sancionado, en la misma proporción se merecería el castigo. Vean el caso de los psiquiatras, que supuestamente deben ser quienes ayuden a la sanidad mental de la sociedad, hoy se les cuestiona su integridad por el sonado caso de homicidio en contra de un colega.

Pero como todo, la Iglesia al igual que cualquier otro grupo social, no se encuentra toda podrida. Así como se dice que hay malos doctores, los hay eminencias que a diario se preparan para ser mejores y dar un auténtico servicio a la comunidad, hay buenos y malos maestros, ingenieros, abogados, comerciantes, etc.

Es claro que hay motivos para saciar el morbo y exacerbar lo negativo en el sacerdocio. Pero hay casos igualmente excepcionales de curas que han sabido dar la vida entera a favor de su rebaño. Son el caso de la labor humanitaria a favor de los niños pobres y hambrientos, de sociedades marginadas, exiliados y en zonas de guerra en todo el planeta. Demos un vistazo a África que sufre por las guerras y las enfermedades epidémicas y donde no faltan sacerdotes y misioneros que nos les importa arriesgar su propia seguridad para llevar le bien hasta las comunidades diezmadas por esos flagelos humanos.

Debemos poner las cosas es una justa perspectiva. Seamos conscientes que es más fácil vender el escándalo en los medios de comunicación, que ensalzar las buenas obras. No implica no pedir una sanción y dureza de la Iglesia para quien rompa y corrompa sus principios y dogmas. La religión es una cuestión de opción del individuo, que dependerá de su fuerza el saber seguir el lineamiento dogmático por la fe y razón.

El Papa Francisco ya dio una lección de que se puede castigar al sacerdote, por más alta investidura que tenga, al atentar contra estos principios religiosos. Que en México no exista la impunidad en este o cualquier otro caso de sacerdotes sea por la vía eclesial o civil. No podemos abonar a la consolidación de la incertidumbre y duda sobre la buena de las instituciones. Guardemos la esperanza y firmeza que sean más sacerdotes católicos o ministros de otras religiones que continúen dando mucho para la sociedad. El trabajo que ellos realizan no debe quedar empañado por la actuación de pocos que no pudieron estar a la altura de sus investiduras.

Si de todo dudamos, solo nos faltará decir … ¿quién podrá ayudarnos?

Y les aseguro, que no vendrá el Chapulin Colorado a socorrernos.

AL CALCE. Este mes se cumple ya 7 años de que La Revista Peninsular me abrió sus páginas para publicar análisis y opiniones sobre la vida política y social de Yucatán y México. Muchas gracias a su director, a Rodrigo Menéndez por esta oportunidad. A los lectores les comportó mi emoción y compromiso de continuar en el intento de dar un poco de mi entendimiento sobre los retos que a diario nos toca vivir.

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