bachilleratoUna de las últimas reformas constitucionales en materia educativa, que inclusive uno de los promotores fue el actual gobernador del Estado Rolando Zapata Bello cuando fungía como legislador, es la obligatoriedad del bachillerato en el sistema educativo nacional. La idea es sencilla, clara y necesaria. Se pretende que el Estado realice un esfuerzo para dotar de infraestructura y cumpla con ello el principio constitucional de la democracia en educación: que todos tengan la oportunidad para superar deficiencias y se fomente el desarrollo personal y profesional.

En primera instancia es preciso establecer que no es lo mismo la educación básica que la obligatoriedad que determina la Constitución para el bachillerato. Se entiende por la primera el tránsito del individuo por los niveles educativos preescolar, primaria y secundaria. Los tres comparte la obligatoriedad con la media superior, es decir, el bachillerato. Este último nivel educativo preuniversitario solo es obligatorio, no es parte de la educación básica como los anteriormente citados.

En los últimos años se ha dado un fenómeno en educación básica con el tema de la reprobación, donde el sistema educativo no tolera ya que los alumnos que no cumplen con deficiencias en su formación no se les permiten reprobar. Un doble discurso impera en las secretarías de educación públicas en los estados y en la federación. Ya que la reprobación es posible en cualquier nivel si se demuestra que el alumno no tiene las capacidades desarrolladas durante un curso escolar.

Existe en la normatividad un procedimiento que establece un examen extraordinario en caso de reprobación. Inclusive, en una polémica que un servidor conoció de un maestro que había reprobado a un estudiante en un grado de primaria el curso escolar pasado, el propio Raúl Godoy, Secretario de educación pública, ante pregunta expresa de mi parte me contestó que no había impedimentos para la reprobación. Situación que contrasta con las indicaciones que los supervisores y directores de las escuelas ordenan a los maestros.

Con lo cual, estamos en la educación básica ante un gran problema. Si antes de estas medidas no reprobatorias los niveles superiores siempre acusaban que por debajo de ellos los alumnos no llegan bien preparados; ahora, nos enfrentamos a una situación de mayor calado. Ya que por “indicaciones superiores” todos los alumnos deben pasar, sin importar que más adelante la deficiencia acarree más problemas.

¿En dónde queda entonces la competitividad? ¿No queda en entredicho la calidad de la educación cuando se premia la mediocridad y falta de responsabilidad en la ejecución de las tareas elementales formativas en los individuos?

Para el caso de educación media superior está política de no reprobación se enmascara en la idea de no permitir que los alumnos abandonen las escuelas. Es cierto que hay un problema de deserción muy grande y de proporciones que no se entienden cuando hay una sociedad que día a día exige mayor preparación.

Dicen que estamos formando a alumnos en “competencias”, pero como dice un texto que circula por las redes sociales esas competencias que hoy se evalúan se dan mayor prioridad a otros elementos formativos ajenos al núcleo del conocimiento central de un contenido o habilidad que el estudiante debe demostrar. Vemos como se califican trabajos priorizando que si el alumno trabaja bien o no en equipo cuando es colectivo el trabajo. Que si lleva bien o su uniforme y cumple con las reglas disciplinarias en un salón de clase. Que si hizo bien o no la tarea para que por medio de la metacognición determina sus propias deficiencias.

Procesos de juicios bajo el principio de la coevaluación, donde intervienen tanto el alumno y el maestro que en casos extremos se distribuyen en un 50-50 la calificación final. Por alguna razón ya no hay respeto a la autoridad del maestro ni al cumplimiento del alumno al estar en una situación de plena, pura y total igualdad entre ambos. Porque si tan sólo el joven cree que todo lo hizo bien, ya asegura la mitad de calificación, sin que importe lo que el docente determine, ya que sumando todos los demás elementos formativos es muy seguro que alcance los puntos para aprobar una asignatura con el mínimo esfuerzo.

Una realidad lamentable que se vive en las escuelas preparatorias. Hace veinte años, cuando estudiábamos el bachillerato lo importante era demostrar que uno sabía o no los contenidos y demostrar las habilidades que se requerían desarrollar en un curso. Es cierto que no había tantos distractores como la multiplicidad de canales de televisión con contenido donde el estiércol tiene mayor valor; ni redes sociales en donde perder el tiempo, ni computadoras con Internet, ni videojuegos y muchas otras situaciones que hoy alejan la responsabilidad y el compromiso de estudio en los jóvenes de bachillerato.

Las autoridades creen que promover el modelo educativo sin atender a la realidad y contexto juvenil de esta época el bachillerato cumplirá con la excelencia académica. Es un peligro que la competencia privilegie otros factores ajenos al conocimiento y habilidades primarias. No se debe tener miedo al cargo de conciencia de la reprobación. Para el mundo real hay que enseñar que hay consecuencias ante la irresponsabilidad, poco esfuerzo e incumplimiento.

No dudemos de la capacidad de los alumnos. Sino que las decisiones de una política que pone el camino demasiado relajado para que los índices de cobertura y eficiencia terminal se diga que vamos bien, en contra de fomentar realmente en los estudiantes de bachillerato mayor compromiso, responsabilidad y desarrollo de conocimientos, habilidades y actitudes que nos ayuden en el esfuerzo individual construir una mejor sociedad.


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