La educación desde una concepción inicial se puede entender como un proceso que encierra una bipolaridad inherente, que aparenta ser contradictora en su esencia, pero es parte del proceso necesario para conservar la cohesión social y por otro lado el avance social en el tiempo y en las transformaciones sociales.

De tal modo que no puede negarse una tarea prioritaria de la escuela en los valores y tradiciones conservadoras que sustentan las características de una sociedad, pero al mismo tiempo, debe abrir paso a las nuevas manifestaciones que surgen de la innovación y avance histórico en las ciencias y en tiempos muy modernos en las tecnologías.

México, nuestro país, no es un país que recientemente se esté inventando. Conlleva en su cuesta una historia con gran riqueza cultural en ideas y concepciones sobre el sentido de la vida, la conceptualización del hombre, la formación de la sociedad y hasta temas de transcendencia como el papel y la relación entre humanidad y la deidad o fuerzas sobrenaturales. Estas se fueron configurando y adaptando a los tiempos y circunstancias de las diversas épocas de desarrollo ideológico que hoy constituyen un perfil de los conceptos del mexicano y de lo mexicano.

La educación juega en ese entorno un papel fundamental y toral. Después de los sistemas educativos elitistas de los pueblos originarios ya que solo la clase sacerdotal y gobernante tenían el derecho a una educación formal, pasado por la colonia donde la desigualdad social impuesta por los conquistadores limitan la educación popular, en los albores de la vida independiente fueron varios los intentos de cristalizar una educación pública, ajena a los intereses políticos para servir más como un medio de unidad nacional.

Fue José Vasconcelos, el gran filósofo mexicano que, en medio de las revueltas de la Revolución Social Mexicana, tuvo el encargo de institucionalizar el esfuerzo del Estado mexicano en el proceso educativo con la creación, no solo de la Secretaría de Educación Pública, sino también establecer y ejecutar un programa amplio de cobertura con las misiones culturales se pudiera hacer llegar a todos los rincones del país de la alfabetización.

A partir de hace cien años, la SEP ha capitalizado los trabajos de definición y establecimiento de programas de estudio homogéneos que cumplieran con la función social e integradora de la educación, cumpliendo el precepto que mandata la constitución de que el criterio para el establecimiento de los contenidos sean de carácter científico, que superen la ignorancia y destierren los prejuicios.

Ahora, en estos tiempos de la Cuarta Transformación, los “teóricos” que están detrás del diseño del nuevo plan de estudios presentan un modelo que pretende “decolonizar” los contenidos de los programas de estudios enmarcados en el trauma de que todo lo que significa desarrollo y emprendimiento es una burda política neoliberal que como tal ha generado desigualdad en la sociedad.

En ese afán, ahora nos recomienda a los maestros que leamos el libro de El Capital de Karl Marx y otras obras de Lenin. El primero fue escrito en el contexto de una industrialización que produjo una nueva clase social, el proletariado, que como tal y por abuso del capitalismo no tenían derecho, ni participaban del reparto de la riqueza, donde la represión era la norma y por ello la necesidad de una rebelión o revolución que vieran a cambiar esas condiciones inhumanas de los trabajadores que no eran reconocidos como la fuerza motora real de la economía. Sobre Lenin basta decir que es la adaptación de los postulados de la filosofía marxista aplicados a una realidad social e histórica muy específica que fue el entorno de la Rusia zarista. Al final, todos sabemos la historia. El modelo socialista soviético impulsado por Lenin fracasó de manera evidente y estrepitosa al final del siglo pasado.

¿Acaso a estos “teóricos” actuales de la educación de la cuarta transformación no conoce la evolución en los últimos cien años de nuestra historia?

En el avance de la ciencia y de los derechos han cada día más mecanismos ideológicos y hasta normativos para garantizar mayor igualdad de derechos entre los dueños de capital y los trabajadores, así como también entre los diversos sectores sociales. Los enfrentamientos del siglo pasado nos han impuesto “derechos humanos” que intentan acotar el poder de los poderosos en favor de los sectores más vulnerables. Además, estamos cambiando nuestros modelos de producción de una manufactura hacia un desarrollo tecnológico que nos plantea nuevos retos sociales que atender para continuar atajando las desigualdades sociales.

No se puede negar que aún existe desigualdad. Pero esta surge por nuevas realidad y retos, en estos tiempos por la expansión tecnológica y los saberes que se requieren para el mundo del emprendimiento, la competitividad e integración social, cultural política y económica. Pero muchos temas del pasado injusto hoy ya fueron solucionados.

Entonces ¿cuál es el afán de retroceder en la historia y depositar las decisiones sobre nuestros temas nacionales como la educación en modelos que ya son anacrónicos y del pasado?

Si queremos realmente analizar la realidad de México no tenemos que irnos hasta la comprensión del socialismo soviético fracasado. En nuestro país tenemos una base cultural e intelectual de primer mundo con pensadores como Antonio Caso, Leopoldo Zea, José Vasconcelos y hasta Octavio Paz con el análisis de la obra “El laberinto de la Soledad”.

La propia SEP ha rescatado muchas obras que la biblioteca del maestro que recoge la visión y particularidades temáticas e investigación que analizan nuestro contexto, proponen soluciones. No tenemos que ir hacia afuera, basta ver la investigación, los expertos y especialistas mexicanos en materia educativa que proponen con base a lo que está sucediendo en las comunidades mexicanas.

Es curioso e irónico que los que quieren hablar de la mexicanidad no recomienden a los autores e intelectuales mexicanos que se plantearon y plantean estas cuestiones con propuestas interesantes y más cercanas a nuestro contexto natural y, en su lugar, nos recomiendan que analicemos lo que sucedió en un proceso cultural que es totalmente ajeno, que no corresponde a nuestra realidad.

¿En dónde queda entonces su nacionalismo?

 

 


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