En la silla de mi abuelo

Ensayo que corresponde a la actividad integradora de la Unidad 1 del primer módulo de Diplomado de Formación de Competencias Docentes.

De la sana educación de la juventud,
depende la felicidad de las naciones.

Don Bosco

futuro-educacion-superior-americaHace muchos años, cuando tenía la fortuna de convivir en el tiempo con mi abuelo, un hombre muy sabio que me enseño muchos de los secretos de la vida, me decía que la educación era lo mejor que el hombre podía conseguir en la vida. Ser un hombre educado y preparado dignifica ésta, nos hace acreedores de un bagaje que no tiene precio. Es la mayor riqueza – me decía enfático siempre que un libro me daba para su lectura – que no tendrá nada que la podrá cambiar ni intercambiar, ya que lo que conozcas, tus ideas y pensamientos, serán eternamente tuyos.

Cuando se nos exige hoy en día ver el presente en la educación de jóvenes preparatorianos en una sociedad tecnificada, pero al mismo tiempo, con una cultura mediática que cultiva la mediocridad, inmadurez y estupidez; vuelvo al cuarto de mi abuelo, me siento en su sillón e intento explorar hacia atrás, de mirar al tiempo retrospectivo para analizar el por qué hoy estamos como estamos.

No se puede negar que hay problemas sociales muy graves en los jóvenes. Solemos decir que ellos son el futuro de la nación. Pero al ver la cultura del conformismo y la apatía que hay con respecto a la formación y estudio, las esperanzas de que seamos una nación en el futuro de avanzada se desvanece en la mente.

Los datos de las encuestas, nacional y estatal, levantada en 2010 se afirma que hay 22 millones de jóvenes en México dentro del rango de 15 a 19 años, de los cuales el 50.1 por ciento pertenece al género masculino y 49.9 al femenino. Para el caso de Yucatán en la entidad viven 192,000 de esos jóvenes en mencionado rango de edad, correspondiendo semejante proporción entre hombre y mujeres. Si tomamos solo un caso como ejemplo del descubrimiento del comportamiento sexual, una de las tareas fundamentales del desarrollo y consolidación de la identidad propia de la edad, vemos claramente un aumento en el índice de la primera relación sexual en los últimos 10 años entre 15 y 19 años del índice, de 22.3 a 33.6 por ciento. Una situación que aunque no hay un dato análogo en la presentación de los datos de la encuesta nacional para el caso de Yucatán, al presentarse que las mujeres embarazadas en el mismo rango de edad (10.1 por ciento) es mayor que el dato similar en la nacional (6.6 por ciento) en casi 53 por ciento, debe ser un signo de preocupación. Si aplicamos el sentido común, por los propios valores tradicionales de la sociedad yucateca, se puede deducir que esas 10 adolescentes de 100 que se embarazan ven truncados sus proyectos de vida, especialmente lo que corresponde a la educación.

Se reconoce en los mencionados ejercicios estadísticos que fotografían la realidad de la juventud mexicana y yucateca el gran problema que representa la cultura nini – los que ni estudian ni trabajan –  en los jóvenes de 15 a 29 años. Tan solo en México hay 7.7 millones de los 33.6 que caen en la clasificación de los que no aportan nada ni a la sociedad y que tampoco tienen un sentido claro de la vida y del propio desarrollo personal, profesional y laboral. En Yucatán la cifra no cae en una situación de gran “escándalo social” si los comparamos proporcionalmente ya que de esa cantidad los ninis yucatecos llega a ser el 1.1 por ciento. Somos para el caso la sexta entidad con menor número de ninis del país.

Esta es la realidad de los jóvenes adolescentes. Del sector que es atendido en la educación media superior y del cual se demanda un mayor compromiso para ajustarse a las condiciones sociales y de competitividad.

Recuerdo que en mis años preparatorianos no le importaba a la institución si un alumno pasara o no un examen. “Nadie te saca o te da de baja” – se decía popularmente -, “…tú mismo desertabas cuando ya no puedas seguir adelante.” Al final esas generaciones pasadas hoy soy gente productiva y útil para la sociedad. Alguien podrá decir que no fueron todos, pero al final la alternativa siempre estaba presente, y aunque no se lograba conseguir una oportunidad de estudio en bachillerato, la cultura del trabajo y compromiso social abatían cualquier rasgo de desidia en el individuo.

Hoy parece que las cosas son diferentes. Por un lado, aún con el gran conocimiento que hemos adquirido del adolescente en cuanto a sus cambios físicos, psicológicos y emocionales, y por otro lado, el avance en las teorías de la educación y aprendizaje. Ni con una ni con otra en la realidad se ha podido crear un sistema educativo que fomente un real estudio y compromiso del adolescente en su propio proceso formativo.

Se propone entonces un nuevo modelo de educación basado en competencias. Se pretende con ello dotar a los estudiantes de los conocimientos, habilidades y actitudes para el mejor aprovechamiento y procesamiento de la información. La educación deja de considerar al estudiante como ser pasivo, al que hay que enseñar en términos absolutos desde dirección y sentido maestro hacia el alumno.

El enfoque actual es balancear el proceso de enseñanza-aprendizaje hacia el segundo concepto, pero más allá de un simple producto, sino un sentido más amplio de “aprender a aprender”. Un esquema que resulta muy propio de una sociedad basada en la información.

Sin embargo surgen voces que cuestionan lo que estamos haciendo. Principalmente en el sentido de que la competencia por sí sola basta para formar a un individuo todas las capacidades y actitudes que lo moldeen en un hombre o mujer útil para la sociedad. Tiempo atrás se estudiaba por que se estudiaba, de lo contrario se reprobaba el examen. Hoy no importa no solo el resultado de una actividad, sino que el análisis de todo el proceso se puede conseguir los puntos o calificación que hagan competitiva una calificación.

Además surgen políticas educativas nacionales que no sancionan la falta de estudios desde los niveles básicos al prohibir la reprobación del alumno que no cumple con los requerimientos adecuados para seguir a otro nivel educativo. Parecería entonces que los criterios de evaluación poco importan, si al final, los alumnos por decreto terminan pasando. ¿En dónde quedo entonces la evaluación del resultado de la educación?

Posiblemente podemos encontrar razones y argumentos en el cambio generacional que ha acortado tiempos en los cambios o transformaciones. Una cosa es cierta al respecto: los hoy educadores de los jóvenes preparatorianos no fuimos formados en este nuevo modelo educativo. Somos, como popularmente se dice, de la “vieja escuela”.

¿Cómo fomentar entonces una competencia cuando a los maestros nos “enseñaron” conocimientos de forma absoluta, sin conocimiento, sin utilizar la capacidad crítica?

Implica entonces, de forma inicial, un cambio de paradigma personal. Cambiar las ideas preconcebidas y consolidadas en la propia educación en que fuimos sometidos. Implica una apertura hacia el cambio, un compromiso personal y profesional hacia la continua capacitación, el estudio y análisis actualizado de la realidad del adolescente y el contexto social.

Estamos siendo los motores de un cambio sin precedentes en la historia de la educación en el país. Una situación que aún no hemos valorado de forma plena, pero que un futuro se nos evaluará la forma en que asumimos nuestra responsabilidad como docentes.

Alguien se sentará en un futuro no muy lejano en el sillón que yo herede a mis nietos… ojalá que el juicio valorativo de nuestras acciones sea positivo y coherente. Los pasos que hoy demos con seguridad seguramente servirán para la construcción de una mejor sociedad.

¿Cómo queremos ser juzgados y valorados?

 

Referencias de información

Encuesta Nacional de la Juventud: Sección Yucatán (2010). Instituto Mexicano de la Juventud. Gobierno Federal. México.

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