En la medida que pasan los días se van dando a conocer los detalles del regreso a clases después de la suspensión por la contingencia sanitaria ante la presencia y propagación del Covid-19 en nuestras vidas. Sin duda, estamos ante un reto social ya que el peligro latente de los rebotes es una realidad en un país cuyas costumbres de salud, médicas y alimenticias son aspectos que nos hacen más vulnerables al contagio y a la muerte.

En las juntas de consejo técnico y en los pasillos se comenta la viabilidad de algunas disposiciones que resultan polémicas y que representan una serie de dificultades a implementarse en las escuelas para reiniciar sus actividades por las costumbres de las comunidades y de padres de familia.

Se dice, por ejemplo, que los padres deberán todos los días mandar a sus hijos con una notificación de que cuenta toda la familia y el alumno con buena salud, sin síntomas ninguno de posible covid-19. Lamentablemente es muy conocido la estigmatización que muchos mexicanos hacen contra aquellos que están enfermos. ¿Se contará entonces con la sinceridad y honestidad de todos los padres de familia de evidenciar efectivamente que ellos ya tienen la enfermedad? ¿Qué responsabilidades se deberán fincar para quien los oculte? ¿Es la escuela el espacio idóneo para implementar una acción coercitiva ante el falseo de tal información y que resulte un contagio por compartir las actividades académicas?

También se habla de salones con un máximo de 17 alumnos e inclusive la planeación escalonada de asistencia para grupos numerosos, de tal manera que si hay un aula con numerosos alumnos se podrían armar dos salones, uno para estar en clases lunes y miércoles, otro el martes y jueves, quedando el último día en una alternativa para atender rezagos que los maestros detecten en esta nueva normalidad.

Esta medida contrae muchas consecuencias. Sin duda para el maestro será un reto la planeación que implicará no solo atender una formación dirigida, sino que también deberá instrumentar otras estrategias para el autoaprendizaje. En tiempo no muy lejano se ha discutido la conveniencia o no de dejar tareas a los alumnos extraescolares. En una postura vanguardista se cree que las actividades no deben trascender de los muros de las aulas escolares. Pero hoy la necesidad nos lleva en una dirección contraria.

Sin embargo, hay otra realidad social que no podemos dejar de pasar por alto. Ante el deterioro de la economía y la disminución del poder adquisitivo de la familia mexicana ha orillado en las últimas tres décadas impulsar el trabajo igualitario del hombre y la mujer para el sostén de la familia. Ahora que hemos estado confinados la dinámica familiar, en su gran mayoría, no representó problema alguno porque el confinamiento llevó a la suspensión de las actividades económicas y muchos padres han compartido con sus hijos el espacio familiar y el cumplimiento de las actividades escolares en casa. Pero eso debe cambiar, cuando ambos padres tengan que salir a trabajar, lo que conlleva la dificultad de qué va a pasar con los niños cuando no sea el día para asistir a clase, quiénes los van a vigilar.

Confiar nuevamente en la posibilidad de recurrir a la educación a distancia implica consolidar más las diferencias sociales. La experiencia es muy evidente: hay demasiadas carencias económicas para miles de familias para hacerse de los recursos tecnológicos y de conectividad que impiden el desarrollo óptimo de las actividades en línea para consolidar aprendizajes. Quienes somos maestros hemos visto que ni siquiera los alumnos de escuelas privadas, que por lo tanto se podría exigir un poco más de infraestructura para la conectividad, pueden garantizar la eficiencia y efectividad de la conexión y cumplimiento de las actividades en línea. Porque no solo se trata de tener una televisión, computadora u otro dispositivo, sino que depende de la señal de internet, de la electricidad y otros factores externos que ya la escuela no puede controlar.

Estamos, por lo tanto, ante un panorama verdaderamente diferente e imprevisto donde contará por mucho la competencia de cada uno de los maestros en la creatividad para afrontar el reto del próximo ciclo escolar. Una tarea que nos será sencilla y tendrá muchos altibajos.

La pregunta final ¿cuál será el resultado educativo a mediano o largo plazo para esta generación de alumnos que están enfrentando esta situación?

Espero que me haya explicado bien.