Enrique Vidales 5 julio, 2010

¿Cómo
nos transformamos en pocos minutos durante el pasado juego de la
selección mexicana contra Francia? Del pesimismo a la euforia victoriosa
en poco tiempo, como también resulta, en el último partido el pasado
martes, que regresamos a pisar la tierra de la realidad con la
frustración de haber conseguido el triunfo, que a decir la verdad, se
había sembrado en la épica victoria contra un grande en el segundo
partido. La realidad superó la fantasía. Si bien se cumplió la meta,
solo se consiguió por una suerte matemática… como siempre,  al final,
dependientes de otros y no tanto por méritos propios.

Ese
mismo día, el inolvidable Francia – México, habían madres y padres de
familia que se sentían más tristes, decepcionados y frustrados por la
falta de sensibilidad de la vida institucional de nuestra nación.
“Ninguna lágrima más por este maldito estado mexicano” – decía una de
ellas, de aquellas que perdieron a sus hijos en la Guardería ABC cuando
la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la lujosa corte de 11
ministros que ganan más de 500,000 mil pesos mensuales, no quisieron
hacer justicia y determinar el grado responsabilidad de funcionarios que
por omisiones y actos deliberados provocaron la muerte de varios niños
en Hermosillo, Sonora.

No
hay vergüenza, no hay compromiso, no hay sensibilidad. ¿De qué sirve
hoy querer convencer a los mexicanos que debemos superar nuestros
traumas del no se puede, al ya se pudo? ¿Qué nos tienen que decir los
magistrados, que aunque  quieran justificarse con proceder de acorde al
derecho, no responden a la altura que los mexicanos nos merecemos?
¿Acaso se podrán desligar del compromiso que tienen con el mismo
Ejecutivo cuando a él le deben su puesto y jugoso salario? Por eso
Daniel Karam dice que se someterá a lo que diga la corte… ya saben cuál
es el argumento, la exoneración.

Esto
también es México, ese mismo que se reúne en el Ángel de la
Independencia, en la Minerva en Guadalajara, en la Macro Plaza en
Monterrey o en el Monumento a la Bandera en nuestro Estado.

Ese
México que llora la muerte del que fuera la conciencia social del siglo
pasado, Carlos Monsivais, que aún con todo su compromiso con México,
hoy las autoridades lo toman como bandera política en el discurso donde
alaban su ironía, su siempre denuncia contra los poderosos que
menoscaban los derechos de “los menos”, de “los pobres”, de “los
desposeídos”. Pero no hay acciones porque el “sistema” se niega a
modificar, a cambiar, a adaptarse a los nuevos contextos sociales, a las
exigencias del mundo global más comunicativo; pero al mismo tiempo, más
plural, más justo.

Un
país para los “cómodos”, la clase empresarial, financiera y política
que ha hecho del mismo un paraíso para ellos mismos. No para los que una
vez Fox llamó “los jod…”, “los que menos tienen”  o “los pobres” como
López Obrador les dice. Estos últimos los motores reales del engranaje
social, económico y político.

Ese
es el México que entra en la recta final de las celebraciones del
Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana,
en medio de grandes luchas sociales, de algunas “luchas” sin sentido ni
dirección.

Ese
es nuestro México… nuestro país.

 

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