Enrique Vidales 17 abril, 2015

Iniciaron las campañas electorales rumbo a la elección del 7 de junio. Como cada ocasión vemos el derroche y despilfarro de recursos económicos en la publicidad y proselitismo. Aunque por una parte se ganó por mucho con la reducción de los tiempos de campaña, el establecimiento de topes y otras medidas para control del gasto asignado a los partidos, no queda claro para la ciudadanía en términos generales en donde se encuentran los beneficios de aquellas medidas.

Hay quien dice que la democracia mexicana es muy cara. Pero los procesos electorales se toman como ejemplo para otras naciones. Lo que debería entonces ocasionar un orgullo para los mexicanos; la crítica y desconfianza forma parte cotidiana y arraigada en la mentalidad del ciudadano en contra de la autoridad electoral y los resultados que se obtienen en los procesos electorales.

No hay duda que el próximo 7 de junio concluirá este proceso electoral con el voto de los ciudadanos. Al ser una elección intermedia no se espera una copiosa participación como sucede en las sexenales que involucran la definición de gobierno estatal o federal. No obstante, hay una efervescencia y hartazgo ciudadano que puede detonar en una participación más activa de los ciudadanos en la jornada de votación.

Cabe entonces la pregunta ¿valdrá la pena todo este esfuerzo en las campañas, el derroche y despilfarro de dinero para los ciudadanos?

Como muchos ya lo presienten y así lo afirman, al final todo seguirá igual. Promesas que no se cumplirán, intereses ciudadanos que quedan en el olvido bajo el pretexto de no haber sabido el tamaño del paquete que representa el cargo público. Combinación que abonan hacia la desconfianza de las instituciones políticas y descalificación de los instrumentos sociales – como el proceso electoral – para hacer valer el valor y la práctica de la democracia.

No hay manera de saber el futuro, ni con la palabra empeñada y hasta avalada por la firma de un notario público para darle fe pública y certeza de cumplimiento. Parecería entonces que la democracia no sirve, que no es la que soluciona nuestros problemas sociales, económicos y políticos.

Una cosa es muy cierta. Los mexicanos no hemos valorizado, ni comprendido, y mucho menos, aplicado los valores democráticos. No hemos asimilado que la democracia en México debería ser más que un sistema político, sino un sistema de vida que otorga las mismas oportunidades de crecimiento y desarrollo para todos. Eso es lo que afirma el Artículo Tercero Constitucional.

Lo que hemos entendido y aplicado es un sistema de reglas donde los protagonistas, que son los partidos políticos, construyen las normas políticas y jurídicas a modo para seguirse perpetuando en el poder, contar a discreción los recursos económicos y protegerse a sí mismo de los enemigos en la contienda electoral. Reglas que por lo mismo, en la perversidad del juego político y lucha electoral, son fáciles de transgredir con mayores consecuencias. Situaciones que todos los partidos, por más que vociferen, ya tienen calculados los costos de sus propias decisiones y la protección mutua está garantizada.

¿Nos queda a los ciudadanos por hacer ante este panorama que pinta desolador?

La democracia es sin duda un sistema político que es necesario en la construcción del Estado liberal. No es el sistema perfecto. Aunque los griegos fueron a quienes se les atribuye su creación, lo que es cierto que tampoco resolvió en totalidad sus problemas sociales. El alcance de la discusión abarcaba sólo a los intervinientes, a los “demos” que resultaban de la fusión de los deimurgos – artesanos – y los geomoros – campesinos –, según nos describe el historiador Plutarco. Es decir, en las asambleas que hoy reconocemos “democráticas griegas” no participaban los aristócratas. En sentido estricto la democracia griega no participaban ni los esclavos ni los nobles.

Hoy parece que las cosas han cambiado. Lo que originalmente fue un contrapeso al poder económico e influencia política, hoy parece la comparsa de esos poderes que arrastra al pueblo en la consecución de intereses particulares de una fuerza política. Difícil resulta encontrar si de todas las posturas existe el genuino interés colectivo o nacional. Las fuerza políticas que encabezan la lucha han entendido que la competencia electoral es menoscabar al contrincante.

Muy lejos estamos realmente de hacer de la democracia ese sistema de vida. Es necesario para ello buscar la coincidencia entre las necesidades y propuestas. Si creíamos que la democracia con sólo votar por un partido y que resulta ganador por mayoría es el requisito necesario, en la pluralidad ideológica del mundo moderno, flexible y tecnológico, nos estamos quedando en una etapa de desarrollo inferior.

La verdadera maduración democrática es una tarea aún pendiente de completar. Se requiere que el quehacer político se sustente en el respeto a la pluralidad ideológica y política, que construya a partir de las diferencias, con instituciones sociales, políticas y legales fuertes orientadas al beneficio colectivo aplicando tanto el bien común como la justicia social en un sano equilibrio, con normas adecuadas y pertinentes para no rezagar a nadie, grupo o tema que requiere de su atención.

Es el camino de la COINCIDENCIA, de la unión de fuerzas en torno de un proyecto social, económico y político donde todos tienen la misma oportunidad de participar, con reglas y procedimientos claros.

Por el momento hay que continuar con el paso ya recorrido. Debemos participar, por lo menos, con la emisión del voto. No desdeñemos los logros democráticos alcanzados. Aún con las deficiencias que veamos y seamos conscientes. No se exenta con ello la emisión de la crítica, pero que vaya más allá de los intereses particulares de la competencia partidista electoral.

Después nos queda mucha tarea por hacer. El empoderamiento de la ciudadanía, fomentar la organización social responsable y comprometida, así como también, de hacer la interacción de todas estas entidades con el gobierno, son áreas de oportunidad para realmente consolidar una democracia no solo representativa, sino también, que cumpla con el ideal de igualdad de oportunidades.

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