Enrique Vidales 29 octubre, 2015

Lo que los mexicanos queremos de nuestras autoridades es que nos ofrezcan resultados oportunos y pertinentes a las necesidades de la sociedad. Los resultados solo se obtienen cuando existe un compromiso serio y responsable en los procesos de toma de decisión y acciones de gobierno. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es un gobierno en plena inacción política, administrativa, tenue en sus decisiones y sin acciones concretas en beneficio de la seguridad e integridad individual y social.

En días pasados se presentó una prueba real para la capacidad del gobierno en cuanto al desastre que se proyectaba grave por el paso del huracán Patricia en la costa pacífica del país. No pretendo ser reiterativo en cuanto a las ideas expuestas en esta misma columna la semana pasada. Sin embargo, lo que se ha suscitado a partir de las acciones de gobierno, los resultados que se obtuvieron y que no fueron los esperados, han provocado una serie de comentarios, opiniones y expresiones que demuestran la poca madurez política y social de sus emisores.

Es cierto que no se propiciaron los daños ante la magnitud anunciada del fenómeno natural. Si algo sabemos los yucatecos es la imprevisibilidad de la trayectoria final de un huracán. Lo que siempre se emiten son rutas ponderadas de probabilidad que, como tal, no son al cien por ciento exactas o precisas. Por ello se puede entender que una de las primeras razones de pocos daños fue que la entrada a tierra concurrió en una zona no turística y con menor infraestructura, pero igualmente prevenida y preparada para la emergencia.

Igualmente, no podemos pasar por alto que el huracán se estrelló ante un sistema montañoso que sirvió como muro de contención. No es el mismo terreno que la Península de Yucatán que permite que los huracanes con potencia, como lo fue el caso de Gilberto, pase en trayectoria limpia cruzando de un lado costero a otro.

Pero el peor absurdo se presenta con aquellos que ahora afirman que el fenómeno atmosférico fue provocado, supuestamente por un favor o encargo del presidente Enrique Peña Nieto a su homólogo Barack Obama. Es irónico que algunos de ellos estén continuamente sosteniendo un grado de “tontera con P” del presidente mexicano, y que ahora, por conveniencia le otorguen semejante poder de control del medio ambiente, que no sería tan poca cosa. Valdría la pena que se pongan a analizar bien lo que dicen y sus repercusiones. A ver si de ese modo no se ven incongruentes con sus ideas y argumentos.

No es posible que por una diferencia política hoy algunos estén con el sentimiento de frustración porque no fue la gran tragedia con la cual continuar castigando al gobierno federal. No se les hizo estar hoy vociferando la incompetencia del gobierno federal. Y como tal, ahora recurren a la denostación, pero con argumentos insulsos, de mucho y bajo perfil, profundidad, evidencia y objetividad.

Mientras otras naciones felicitan y reconocen el trabajo coordinado de los tres niveles de gobierno – federal, estatal y municipal –, algunos mexicanos quieren a toda costa desestimar las acciones y arremeten contra un gobierno que supo dar resultados a la ocasión: salvaguardar la vida de las personas, de la infraestructura social y privada.

Las acciones que se tomaron no pueden ser consideradas menores o ser consideradas como una exageración del gobierno. No ejecutarlas y asumirlas es arriesgar a la ciudadanía de la zona de impacto. Una actitud y conducta que constituye una gran irresponsabilidad del gobierno.

Pero qué le vamos a hacer. Es muy claro que el objetivo que se persigue: crear incertidumbre en el mexicano, consolidar la desconfianza a las autoridades, sembrar más incertidumbre política, social y hasta económica.

AL CALCE. Los yucatecos estamos viviendo el embate de los moscos y con ello los efectos del dengue y del nuevo chingunguya. Considero que hay acciones del gobierno del estado que se han hecho bien en cuanto difusión, inspección de casas, llamado a la conciencia y fumigación en calles y espacios públicos.

Sin embargo, hay situaciones que tiran al traste el buen trabajo. En días pasados, en la casa materna acudieron inspectores identificados con las siglas de SSY para inspeccionar el patio. Por la confianza y buena fe mi mentora les dio el acceso a esos trabajadores. Posteriormente cayó en cuenta de la pérdida de su cartera. Inicialmente pensó que la había perdido, hasta que recibió una llamada de una mujer que le informó que la hija de ésta había encontrado una cartera con su identificación en el borde de una ventana. Obviamente sin dinero.

Así pudo recuperar las identificaciones personales y la confirmación de que la visita de inspectores de la SSY fueron quienes sustrajeron la cartera y se apropiaron del dinero. Tal situación ahora no es única. Entre amigos me he enterado de situaciones similares.

Definitivamente es una lástima que trabajadores sin escrúpulos produzcan este tipo de situaciones que generan desconfianza. Como resultado difícilmente mi señora madre vuela a abrirles la puerta a trabajadores de la SSY o cualquier otra dependencia.

Conste que la desconfianza no es por una acción o decisión de gobierno, sino de auténticos parias que producen efectos devastadores en la confianza ciudadana en la autoridad.

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