Buenos Aires, 15 oct (EFE).- El misterio por la treintena de ballenas halladas muertas recientemente en las costas de la Patagonia argentina aún no se ha resuelto, pero los indicios apuntan de momento a un único sospechoso: la marea roja.

Las aguas calmas y claras que bañan la Península Valdés, en la sureña provincia argentina de Chubut, están reconocidas como patrimonio de la Humanidad y un verdadero santuario para varias especies de fauna marina, incluyendo a la ballena franca austral.

Treinta ejemplares de estas ballenas -26 adultas y 4 juveniles- fueron encontradas muertas en el área del Golfo Nuevo de Península Valdés entre el 24 de septiembre y el martes pasado, un hallazgo que encendió las alarmas de científicos y autoridades.

Los resultados de las muestras de órganos, tejidos y fluidos de los animales encontrados y enviadas al Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero aún no están disponibles y podrían conocerse la semana próxima.

Pero los investigadores mantienen como principal hipótesis que los decesos se deben a una intoxicación por biotoxinas producidas por microalgas tóxicas, un fenómeno conocido como marea roja.

“Se detectó un altísimo nivel de toxinas en las muestras de agua, plancton y bivalvos analizadas en los últimos días en el Golfo Nuevo. Ese es un indicador muy claro de que teníamos que apuntar, ante todo, a la hipótesis de la marea roja”, dice en una entrevista con EFE Mariano Sironi, director científico del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB).

MUERTES DE BALLENAS SANAS

Sironi también es codirector del Programa de Monitoreo Sanitario Ballena Franca Austral, una iniciativa del ICB y de la Universidad de California en Davis (UC Davis), cuyos investigadores y voluntarios han practicado las necropsias y la recolección de muestras para investigar este evento de mortandad de ballenas.

Los ejemplares examinados presentaban una buena condición corporal, con una capa de grasa gruesa y abundante, evidencia de que eran animales sanos antes de morir.

No tenían ninguna herida evidente ni estaban enredados con mallas de pesca. Ningún signo traumático que explique su muerte.

Por lo demás, un escenario de muchas ballenas encontradas muertas en una misma aérea y en un período corto de tiempo es, según observa Sironi, un indicio de que los decesos pudieron ser provocados por la marea roja.

Además, el nivel de toxinas hallado en las muestras de plancton y de bivalvos es muy elevado.

Niveles de toxina de 400 unidades ratón en un bivalvo son suficientes para decretar una veda por marea roja.

“Para ponerlo en perspectiva, algunas de las muestras tomadas en bivalvos en los últimos días llegaron a tener casi 19.000 unidades ratón”, precisa Sironi.

MAREA ROJA Y ACCIÓN HUMANA

Cuando la temperatura se eleva y las horas de luz van en aumento, como en la primavera austral en curso, las algas pueden reproducirse velozmente, y cuando son tóxicas generan las “floraciones algales nocivas”, conocida como marea roja por la coloración que puede presentar el agua.

Sironi apuntó que “hay factores que contribuyen a que la frecuencia y la intensidad de las mareas rojas hayan aumentado en las últimas décadas en todo el mundo”.

“Las algas se ven favorecidas por el aumento de la temperatura del mar debido al calentamiento global y también por la presencia de nutrientes que llegan al mar por actividades humanas, como vertidos cloacales o de fertilizantes de la producción agrícolas”, explica.

En una población de ballenas en el Atlántico sur occidental estimada en 6.000 ejemplares, la muerta de una treintena de ellas no tendrá un impacto significativo en la dinámica de esta población, que sigue en crecimiento.

“Pero cada individuo es importante para la población, que empobrece, genética y culturalmente, cuando cada animal muere”, sostiene Sironi.

En 2021, hallaron muertas en el área de Península Valdés trece ballenas adultas y siete juveniles, pero esa mortandad abarcó un período de tres meses.

“Este año, con 30 y en poco tiempo, el alerta es mayor. Si esto se repitiera cada año, entonces sí veríamos un efecto negativo sobre la dinámica de la población”, advierte el investigador.

Natalia Kidd

 

 

 

 


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