Enrique Vidales 15 junio, 2018

Estos días fueron de debates. Primero el estatal en domingo y el martes con el presidencial. Valladolid fue la sede del encuentro de candidatos para la gubernatura del Estado de Yucatán. El segundo, la candidatura presidencial, tuvo escenario el Gran Museo de la Cultura Maya en nuestra ciudad, capital de Yucatán.

Sobre el primero hay mucho que decir y criticar. Especialmente el papel de la autoridad electoral que censuró la libre expresión de los candidatos. Se entiende que se busque la civilidad política y respeto y tolerancia como valores fundamentales de la democracia. Pero un debate sin una confrontación directa desde todos los ámbitos y contexto que rodea a los candidatos es una pérdida de tiempo, esfuerzo y de recursos económicos.

La sociedad es altamente volátil en sus opiniones y comentarios políticos. Una realidad evidente y potenciada por las redes sociales. El escrutinio de los políticos en el contexto de la molestia y el hartazgo social es duro. Por lo cual se requiere de políticos que sepan lidiar con esta situación y escenarios. Que sepan hacerle frente a la crítica por más mordaz que ésta sea.

Ahora el IEPAC nos dejó sin el sabor del escaneo profundo de los candidatos. Hoy ya no hay ni hombría ni sabiduría para encarar la dureza del entorno social. ¿Cómo pretenden gobernar en una sociedad que cada día es más participativa y mordaz en la crítica política?

Tal parece que al final se buscó proteger más al sistema político, a los partidos y a los propios candidatos. Al día siguiente, como en los anteriores, continuaron con sus dichos unos contra otros. Lo mejor hubiese sido que las contrastes sean en vivo, frente y de cara a la sociedad.

En el formato del tercer debate presidencial las cosas cambiaron en comparación a los dos anteriores. Se mejoró un formato que si permitió una confrontación más directa en los temas y las posturas de los candidatos.

Aunque tampoco se dieron grandes sorpresas. Se esperaba que Meade y Anaya se enfrentaran entre ellos y apuntaran batería contra el puntero. López Obrador, en su primera posición, llegó mucho más relajado y con una buena lectura del escenario político. Por ello no se le percibió rijoso, ni con la molestia e incomodidad del primer debate. Inclusive se le vio firmeza en sus posturas y hasta cierto punto sarcástico en la forma de encarar los ataques.

Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco, fue confrontado más por los moderadores que por los candidatos. Se le reconocen buenas propuestas y buenas puntadas que le dieron un sabor humorístico y mordaz al debate. Si le alcanza para la victoria, es un tema que es difícil de predecir. Pero si logra darle una válvula de escape ante la podredumbre de una campaña más dedicada a la descalificación de facto.

Lo que se puede concluir después de estos ejercicios democráticos es que no llegan a ser significativos para que cambien las preferencias electorales. Parece que este “arroz ya se coció”.

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